CONEJOBELGA

21 marzo 2017

paranoia cósmica


Las terroríficas y geniales Memorias de un enfermo de nervios, de Daniel Paul Schreber.

El Presidente de la Corte de Apelaciones de Dresde, Daniel Paul Schreber, publica en 1903 las Memorias de un enfermo de nervios tras recuperarse de un cuadro de paranoia aguda, y provoca una serie de situaciones curiosas no solo a nivel familiar (el capítulo III fue eliminado de la edición original en consideración a sus parientes) sino también dentro del incipiente psicoanálisis y en el ensayo Masa y poder, de Elias Canetti, quien le dedica significativamente los últimos dos capítulos. Las páginas de El loco impuro de Roberto Calasso, su editor en Italia, explican:

El primer gesto de generosidad hacia el presidente Schreber por parte del director de la clínica de Sonnenstein, el doctor Weber, fue concederle el uso de un gran cuaderno de tela negra. Hasta entonces el Presidente había tratado de escribir con las uñas en la pared, había trazado palabras con saliva en la mesa y varias veces había tratado de transformar el tenedor en pluma. Cuando un enfermero le dio el cuaderno y un lápiz desportillado el Presidente los sopesó un largo momento, se inclinó ligeramente y dijo: «Gracias, será el diario de los últimos siglos de la humanidad».

En sus Memorias, Schreber asegura que Dios pretende asesinar su alma a través de su psiquiatra, el profesor Flechsig. Apunta Canetti en Masa y poder que la conjura que se había organizado contra Schreber no solo tenía por objeto asesinar su alma y perturbar su razón, sino que también perseguía otro fin casi igualmente vejatorio: transformar su cuerpo en el de una mujer. Bíblicamente Schereber se le ofreció [a Dios] como objeto de goce. Para atraerlo a su lado y apoderarse de él [a través de sus nervios], lo sedujo adoptando falsas apariencias. Y al final acaba reteniéndolo con todos los medios.

Canetti relaciona claves políticas y religiosas en el delirio paranoico del juez y concluye que el redentor y el dominador del mundo son una misma persona. El origen de todo es la ambición de poder. La paranoia es, en el sentido literal de la palabra, una enfermedad del poder. Otro interpretación, la de Calasso, apunta hacia los métodos correctivos del pedagogo Daniel Gottlob Moritz, padre de Schreber, que enseñó a sus hijos a mantener posturas físicas cercanas al rigor mortis empleando para ello extraños artefactos de cuero y metal:

Y un día—apunta Calasso—el Presidente había tenido que matar a este Padre, pero este Padre era él mismo y entonces había tenido que matar al Padre del Padre, es decir, a Dios, que tampoco sabía más que tratar con cadáveres. Las versiones varían y cada Edipo tendrá que arreglárselas para estructurar su propio evangelio. Cuando el morbo por la locura sigue vigente, lo mejor es fomentarlo. Lectores: intenten cerrar los ojos y dormir tranquilos. Schreber velará por el alma de todo el mundo. Si lo ven por ahí, no sientan pena. Y nunca dejen de balbucear una oración.


 Memorias de un enfermo de nervios (2008). Daniel Paul Schreber. Sexto Piso. 
El loco impuro (2008). Roberto Calasso. Sexto Piso.
Masa y poder (2009). Elias Canetti. Debolsillo.


daniel paul schreber_memorias de un enfermo de nervios



 
Se llevan libros u otra clase de anotaciones en los que se registran desde hace años todos mis pensamientos, todos mis giros de lenguaje, todos mis objetos usuales, todas las cosas que de alguna manera se encuentran en mi poder o en mi cercanía, todas las personas con las cuales trato, etcétera. Me es imposible decir con seguridad quién se encarga del registro. Como no puedo representarme la omnipotencia de Dios como desprovista de toda suerte de inteligencia, presumo que el registro está a cargo de seres residentes en astros distantes, seres a los que se les ha dado figura humana, al modo de los hombres hechos a la ligera, pero que por su parte carecen por completo de entendimiento y a los cuales los Rayos, que son efímeros, les han puesto, por así decir, la pluma en la mano para la tarea, desempeñada por ellos de manera enteramente mecánica, de llevar el registro, de manera que los Rayos que aparezcan después puedan conocer lo registrado.

***

Mucho tiempo creí, al recibir las visitas de mi esposa en Sonnenstein, que en cada ocasión había sido «hecha a la ligera», y que por consiguiente quizá se desvanecería ya en la escalera o inmediatamente después de abandonar el hospital; se dijo que sus nervios eran «enquistados» después de cada visita. En una de sus visitas —el día de mi cumpleaños de 1890— mi esposa me trajo un poema que quiero reproducir aquí literalmente debido al profundo efecto que entonces me produjo. Rezaba así:

Antes de que te dé su amor la verdadera paz
(la serena paz divina),
la paz que ninguna vida
y ningún placer dan aquí abajo,
es menester que el brazo de Dios
te infiera una herida,
que tú tengas que gritar: «¡Dios mío apiádate,
apiádate de mis días!»;
es menester que desde tu alma resuene un grito,
y que en ti haya tinieblas,
como antes del día de las cosas;
es menester que el dolor
te abrume por completo.
Que en tu alma no quede ya ni una lágrima;
y cuando tú te hayas agotado en el llanto,
y estés cansado, tan cansado,
entonces vendrá a ti un huésped fiel:
la serena paz divina, *
antes de que la verdadera paz te dé su amor.

El poema, cuyo autor no conozco, me causó tan notable impresión porque la expresión que aparece repetidamente en él «paz divina» es la designación empleada en el lenguaje primitivo, que yo antes y después escuché innumerables veces, del sueño generado por los Rayos. En ese momento me fue casi imposible pensar en que hubiera mediado una casualidad.

*La palabra alemana Gottesfrieden («paz de Dios») significa también «tregua de Dios.» 

***

Que los Rayos me incitasen a una inmovilidad absoluta («Ni el más mínimo movimiento», rezaba la consigna que se me repitió muchas veces) es algo que tiene, a mi juicio, que ser puesto también en relación con el hecho de que Dios, por decirlo así, no sabía cómo comportarse con los hombres vivientes, sino que estaba acostumbrado exclusivamente al trato con cadáveres o a lo sumo con los hombres entregados a dormir (soñantes). De ahí surgió la pretensión, ciertamente desmedida, de que yo en cierta manera me comportase constantemente como un cadáver, lo mismo que una serie de ideas más o menos insensatas, porque todas iban en contra de la naturaleza humana.

***

Desde el comienzo mismo de mi vinculación con Dios hasta el día de hoy, mi cuerpo ha sido incesantemente objeto de milagros divinos. Si quisiera describir en detalle todos esos milagros podría llenar con ellos un libro entero. Puedo decir que no existe casi un solo miembro u órgano de mi cuerpo que no haya sido transitoriamente dañado por algún milagro, ni un solo músculo que no haya sido tironeado mediante un milagro para ser puesto en movimiento o paralizado, según fuera el distinto fin que con ello se pretendía. Aun hasta el día de hoy los milagros que vivo a cada hora son, en parte, de tal naturaleza que a cualquier otro hombre tendrían que causarle un pavor mortal: sólo gracias a que me he acostumbrado después de muchos años he llegado a considerar como insignificantes la mayor parte de los que aún ahora se producen. Pero en el primer año de mi permanencia en Sonnenstein los milagros eran de naturaleza tan aterradora que casi permanentemente creí que debía temer por mi vida, mi salud o mi razón.
 
Texto: Memorias de un enfermo de nervios, Daniel Paul Schreber
Ilustración: Daniel Gottlob Moritz Schreber


roberto calasso_el loco impuro




Con su abrigo negro y una chistera del mismo color, el Presidente atravesó la gran puerta de vidrio del vestíbulo, se sumió en la pálida luz y en seguida se dio cuenta de que había dos soles en el cielo. Una risa maligna sobresaltó e inquietó un momento al enfermero que lo acompañaba. «No se preocupe, es totalmente normal, casi previsto», le dijo de inmediato el Presidente en tono tranquilizador y se fue a sentar en una silla apartada del jardín.

***

Y estaba, sobre todo, esa aparición sin fin de los sujetos, unos dentro de los otros, que le dejaba una sensación de vertiginosa dispersión. Para él empezaba con su venerable padre, Daniel Gottlob Moritz, que trataba a sus pequeños como cadáveres, los educaba en el rigor mortis como única aproximación concedida a la rectitud, los sacaba adelante por la única vía recta. Y un día el Presidente había tenido que matar a este Padre, pero este Padre era él mismo y entonces había tenido que matar al Padre del Padre, es decir, a Dios, que tampoco sabía más que tratar con cadáveres.

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El primer gesto de gran generosidad hacia el presidente Schreber por parte del director de la clínica de Sonnenstein, el doctor Weber, fue concederle el uso de un gran cuaderno de tela negra. Hasta entonces el Presidente había tratado de escribir con las uñas en la pared, había trazado palabras con saliva en la mesa y varias veces había tratado de transformar el tenedor en pluma. Cuando un enfermero le dio el cuaderno y un lápiz desportillado el Presidente los sopesó un largo momento, se inclinó ligeramente y dijo: «Gracias, será el diario de los últimos siglos de la humanidad.»

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«You know, it’s very hard to say that God is being fucked.»


***

Muy pronto se supo que el profesor Flechsig se había encerrado en el pabellón. Durante dos meses fue simplemente objeto de conversación en voz baja entre los asistentes y los enfermeros. Finalmente, un día, el afable doctor Weber decidió visitar al Profesor. Tocó discretamente y en seguida éste le abrió. Vio a Flechsig con botas de hule, un viejo sombrero en la cabeza y una diminuta pala en la mano: en la oscuridad de la habitación se distinguían tupidas enredaderas que debían de haber penetrado durante esos últimos tiempos. El doctor Weber dijo que sólo quería charlar un poco y fue recibido con serenidad. Hablaron de las últimas novedades, del nuevo cauce que habían tomado las investigaciones en el instituto, algunos chismes académicos y, finalmente, hicieron algunas vagas referencias a la situación política. El profesor Flechsig escuchaba atentamente y respondía con pocas palabras, perfectamente acordes, aunque su voz parecía quebrada. Después de esa visita pasaron aún algunos meses: Flechsig no salía nunca de su jardín y se le podía ver en distintos momentos del día agachado trabajando en sus plantas. Los enfermeros le llevaban comida del comedor. Ninguno se había atrevido a preguntarle cuándo pensaba irse. La ocasión se presentó con la visita de un rígido inspector del ministerio que había encontrado algo que censurar a la administración de la clínica y por casualidad también había descubierto la extraña situación del profesor Flechsig, que juzgó escandalosa. Pocos días después llegó una carta de Berlín que ordenaba desalojar al profesor Flechsig del pabellón del jardín, que serviría de archivo para una cantidad de documentos que el inspector había encontrado apiñados en desorden en dos habitaciones del último piso. El doctor Weber tocó nuevamente a la puerta de Flechsig, habló otra vez de varias novedades académicas y al final deslizó en la conversación la noticia de la carta enviada por el ministerio. Flechsig no se mostró sorprendido, movió apenas la comisura izquierda de los labios: «Jamás me moveré de aquí, este jardín es mío, ya no tengo nervios, mis tendones se alimentan sólo de las raíces de estos pocos metros de tierra.» Luego cambió el tema de la conversación.

Un mes después el profesor Flechsig fue arrastrado a la fuerza por algunos enfermeros que conocía años atrás y que en su mayoría había contratado él mismo para la clínica. Mientras lo arrastraban, su cuerpo macizo se resistía como un bloque de piedra y sólo dijo: «Aunque ya soy únicamente un miserable residuo de los vestíbulos del cielo, mi cuerpo es la Ciencia y la Ciencia os matará a todos.»
 
Texto: El loco impuro, Roberto Calasso