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23 mayo 2012

Forrest Gander / El último boy scout



 Forrest Gander
El último boy scout


 
Forrest Gander nació en 1956, en Barstow, California. A principios del 2009, vino a Mérida invitado al primer encuentro US Poets in Mexico (USPIM), con sede en la ex estación de ferrocarriles, actual edificio de la licenciatura en artes visuales de la Escuela Superior de Artes de Yucatán (ESAY). Las lecturas tenían lugar en la English Library, bajo un cielo ocasionalmente lluvioso. Sheila Lanham, también poeta, organizó este encuentro, al que asistieron C.D. Wright, Mónica de la Torre, Jack Collom y Bob Holman, y fue grato compartir impresiones y puntos de vista con gente cuyo trabajo posee una calidad notable. La presencia que más me impactó fue la de Gander, de quien había leído tan sólo dos textos, Último testamento y Sueño recurrente, y que en particular me parecen extraordinarios, ya que logran trasmitir una sensación de extrañeza en lo cotidiano muy natural, con un manejo del lenguaje a la vez exacto y expresivo. Nada sobra, nada falta.

“Al crecer sin padre y con una madre que trabajaba, yo pasaba mucho tiempo en el bosque. Esa sensación de mirar las cosas en su contexto (ahí ves una fila de pinos negros y, más cerca, un arbusto de flores de campana, y las raíces de un arbusto, desesperadamente tratando de lograr soltarse de las mandíbulas desarticuladas de una brillante serpiente, un sapo está guiñándome un ojo) influyó en la manera en que construyo capas clausulares en mis poemas. Los japoneses lo llaman escenografía prestada, pantallas que reflejan un mundo más allá y que sin embargo están conectadas con el lugar en el que cae tu mirada”, formula el poeta, narrador y ensayista, de quien Valerie Mejer tradujo a nuestro idioma los textos reproducidos a continuación, aparecidos en el número 43 de la revista La Tempestad. La imagen (Child 8, 1988) pertenece a la serie Neunter November Nacht II, del austriaco Gottfried Helnwein. Christian Núñez


Último testamento

Lame el polvo de tus pies y ven a mí.
Mi mano no ha sido cortada. ¿Ves
este pez hediondo? Es tu pez.
Cierra los ojos mi niño tan amado
y conocedor de la crueldad.
Yo, que no cederé, lo he dispuesto.
¿Tomaste posesión de mi voz?
Entonces refréscate en este temblor,
mi aliento en tus fosas nasales.
Dije: ¿y quién eres tú para tener miedo?
Recuéstate de modo que yo pueda caminar sobre ti,
y semejante a la tierra has recostado tu cuerpo.
Detente, soy yo. Oscuro pero dulce.
Como cedros soplados a ras del acantilado,
mírame y rómpete en pedazos.
Mientras tanto la tierra seguirá llena de caballos.


Sueño recurrente

Temprano, en la noche azul, murciélagos revolotean
a través de un farol que ilumina en isósceles.
En un impulso, tanto signos como soluciones:
Ella mira hacia arriba.

A una cuadra, el camión de los helados
da la vuelta con su música. Un mundo familiar
por consenso vira en una fina fractura.

El muerto se estaciona en la cochera.
Ella mira desde el umbral
mientras detrás de ella una televisión
anima la pared. Ella medita

cómo es que él se condujo a casa
desde el cementerio, encorvado,
su rostro inmóvil contra el volante.
Cuán limitadas son las posibilidades

de nuestra reacción
al pasado inerte, al lodo endurecido,
a la demostración del fenómeno puro del día.

Congelada en la puerta corrediza, ella mira fijamente
a la figura sentada grotescamente quieta en el coche estacionado.

Y no recuerda nada más del sueño,
como si dijera: Aquí está el mundo. Tú
ni siquiera sabes
cuán violentamente estás implicado.