CONEJOBELGA

31 diciembre 2013

El parasitismo de Houellebecq




 El parasitismo de Houellebecq
Por Christian Núñez
 
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Tin, tin. André Comte-Sponville tira el primer golpe: “Como sabrá, nihil en latín significa nada, así que los nihilistas, para mí, son las personas que no creen en nada, que no respetan nada, que no tienen ni valores, ni principios, ni ideales. Hay un novelista, Michel Houellebecq, un autor con talento aunque bastante sórdido y antipático, que me parece interesante porque hace una descripción nihilista de una sociedad nihilista. En su última novela, por ejemplo, el personaje principal, que es el propio autor o al menos se le parece mucho, dice (es una expresión vulgar; lo siento mucho): “A mí sólo me interesa mi polla, nada más”. Un nihilista es eso: alguien al que no le interesa nada más que su pequeña trivialidad, sea el sexo, el dinero, el lujo. Lo que nos tiene que dar más miedo es que no tengamos nada que poder oponer al fanatismo de unos y al nihilismo de los otros. Combatir a Bin Laden o al Opus Dei con las posiciones de una sociedad como la que describe Houellebecq nos lleva al desastre. Por eso he decidido luchar contra los dos adversarios: contra el fanatismo, obviamente, pero también contra el nihilismo.” Exacto. Pero nosotros, de momento, queremos rescatar los poemas de Houellebecq. También nos gusta Comte-Sponville, y ya antes hemos reseñado un libro suyo, Más allá de la desesperanza. Es asombroso notar cómo cada pensador se sitúa en las antípodas del otro. Hoy por hoy, Houellebecq nos entusiasma, nos parece muy sensato. Poesía, un volumen de su producción poética completa publicado en 2012 por Anagrama, en edición bilingüe, incluye el fragmento siguiente:
 
El mundo es un sufrimiento desplegado...

El mundo es un sufrimiento desplegado. En su origen, hay un nudo de sufrimiento. Toda existencia es una expansión, y un aplastamiento. Todas las cosas sufren, hasta que son. La nada vibra de dolor, hasta que llega al ser: en un abyecto paroxismo. Los seres se diversifican y se hacen más complejos, sin perder nada de su naturaleza primera. A partir de un determinado nivel de conciencia, se produce el grito. La poesía deriva de él. El lenguaje articulado, también. El primer paso de la trayectoria poética consiste en remontarse al origen. A saber: al sufrimiento. Las modalidades del sufrimiento son importantes, pero no esenciales. Todo sufrimiento es bueno; todo sufrimiento es útil; todo sufrimiento da sus frutos; todo sufrimiento es un universo. Henri tiene un año. Yace en el suelo, con los pañales sucios. Berrea. Su madre va de un lado para otro haciendo sonar sus tacones sobre el mosaico de la habitación, mientras busca el sostén y la falda. Tiene prisa por acudir a su cita nocturna. Esa cosita cubierta de mierda, que se agita sobre las baldosas, la exaspera. Se pone a gritar ella también. Henri berrea más todavía. Entonces, se va. Henri ha empezado con buen pie su carrera como poeta.  
 
2
Con lo anterior se dibuja un perfil. Houellebecq debe de tener pocos amigos. Ni siquiera su madre lo quiere. A los 83 años, Lucie Ceccaldi publicó un libro, L’Innocent, para desmentir el retrato que hace de ella en Las partículas elementales su amado engendro. "Con Michel Houellebecq, mi hijo, podré volver a hablar el día en el que salga ante todo el mundo, con Las partículas elementales en la mano, y diga: ‘Soy un mentiroso, soy un impostor. He sido un parásito, no he hecho nada más en mi vida que daño a todos los que me rodean, y pido perdón". Una réplica, señora: Houellebecq no hubiera logrado un éxito tan arrasador sin la infancia desastrosa que dijo tener, sin la bola de nieve de situaciones viles que dijo haber vivido, sin un sentimiento de inferioridad muy por encima de la media y sin la tremenda sed de ternura que proyecta en sus escritos. Sólo un espíritu lastimado puede escribir con tanta saña, tristeza y decepción sobre las relaciones humanas para ir en sentido inverso cuando uno menos se lo espera. El séptimo capítulo de Las partículas empieza con una imagen ejemplar:

El primer recuerdo de Bruno databa de los cuatro años; era el recuerdo de una humillación. Entonces iba al parvulario del parque Laperlier, en Argel. Una tarde de otoño, la institutriz había explicado a los niños cómo hacer collares de hojas. Las niñas esperaban sentadas en medio de la cuesta, ya con los signos de una estúpida resignación femenina; la mayoría llevaban vestidos blancos. El suelo estaba cubierto de hojas doradas; los árboles eran sobre todo castaños y plátanos. Uno tras otro, sus compañeros terminaban el collar e iban a colgarlo al cuello de su pequeña favorita. Él no hacía progresos, las hojas se rompían, todo se destruía entre sus manos. ¿Cómo explicarles que necesitaba amor? ¿Cómo explicárselo sin el collar de hojas? Se echó a llorar de rabia; la institutriz no acudió en su ayuda. Ya había acabado todo, los niños se levantaron para salir del parque. Un poco después, el colegio cerró.

Y seguimos con el poema inaugural de la novela:

Hoy vivimos en un reino completamente nuevo,
Y la mezcla de circunstancias envuelve nuestros cuerpos,
Baña nuestros cuerpos,
En un halo de júbilo.
Lo que los hombres de antaño presintieron a veces a través de la música,
Nosotros lo llevamos a la práctica cada día.
Lo que para ellos pertenecía al campo de lo inaccesible y de lo absoluto,
Nosotros lo consideramos algo sencillo y conocido.
Sin embargo, no despreciamos a esos hombres;
Sabemos lo que debemos a sus sueños,
Sabemos que no seríamos nada sin la mezcla de dolor y alegría que fue su historia,
Sabemos que llevaban nuestra imagen dentro cuando atravesaban
el odio y el miedo, cuando chocaban en la oscuridad,
Cuando escribían, poco a poco, su historia.
Sabemos que no habrían sido, que ni siquiera podrían haber sido, sin
guardar en el fondo de su corazón esa esperanza,
Ni siquiera podrían haber existido sin su sueño.
Ahora que vivimos en la luz,
Ahora que vivimos en las cercanías inmediatas de la luz
Y que la luz baña nuestros cuerpos,
Envuelve nuestros cuerpos,
En un halo de júbilo,
Ahora que nos hemos establecido en las cercanías inmediatas del río,
En tardes inagotables

Ahora que la luz en torno a nuestros cuerpos se ha vuelto palpable,
Ahora que hemos llegado a nuestro destino
Y que hemos dejado atrás el universo de la separación,
El universo mental de la separación,
Para bañarnos en la alegría inmóvil y fecunda
De una nueva ley,
Hoy,
Por primera vez,
Podemos contar el final del antiguo reino.
 
3
“¿No creen que se trata de un hombre inteligente traumatizado? Y lo que es peor: ¿No creen que su pensamiento es el de que efectivamente todos estamos traumatizados? ¡Y el no va más! ¿Es posible que tenga razón?”, comenta una mujer anónima al pie de un clip en youtube, en el que Houellebecq arranca con una cita memorable una entrevista: “Supongo que lo descubrí cuando fui al internado. Allí aprendí que el hombre es malo por naturaleza y que hay que aprender a defenderse. Aprendí que hay que luchar todo el tiempo. Sobre todo siendo niño, estoy hablando de luchar, es decir, darse palizas, lucha física.” Lo que llama la atención son las estrategias de combate. La poesía del francés tiende a lo metafísico, a las meditaciones cartesianas sobre el espíritu y la materia, sin olvidarse del sexo, los encuentros amorosos frustrados, las muertes inesperadas, los agujeros emocionales. En verso, Houellebecq retoma la abstracción de la prosa, la ironía, el cinismo, y los congela. A menudo utiliza una voz ensayística desapegada y antinatural, con lo que crea un ritmo inhumano en las emociones. Los versos reproducidos a continuación se publicaron en El mundo como supermercado y forman parte de Opera Bianca, una instalación concebida por el escultor Gilles Touyard y musicalizada por Brice Pauset. Se representó por primera vez el 10 de septiembre de 1997 en el Centro de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en París. De acuerdo a las acotaciones: “Esta instalación se compone de siete objetos móviles cuya forma recuerda el mobiliario humano. En las fases claras, estos objetos, inmóviles y blancos sobre un fondo blanco, acumulan energía luminosa. Disipan esta energía en las fases oscuras, emitiendo una luminiscencia que va disminuyendo mientras se cruzan en el espacio, sin llegar a tocarse; su aspecto recuerda entonces las manchas fantasmales que atraviesan la retina cuando algo la ha deslumbrado. El texto interviene en las fases oscuras. Se compone de doce secuencias leídas por dos narradores invisibles (una voz masculina, una voz femenina). El orden de las secuencias, aleatorio, cambia de una representación a otra. Por lo tanto, hay que considerar estos textos como doce interpretaciones posibles a partir de una misma situación plástica.”
 
50"

H: Me gustaría anunciar buenas nuevas, prodigar palabras
de consuelo; pero no puedo hacerlo. Sólo puedo observar
cómo se abre el abismo entre nuestros pasos y nuestras actitudes.
Surcamos el espacio, el ritmo de nuestros pasos corta el
espacio con la exactitud de una navaja; surcamos el espacio
y el espacio es cada vez más oscuro. Hubo un momento
preciso en que se rompió el contacto. No consigo recordarlo,
pero debió de producirse a cierta altura.

M: Tuvo que haber un momento de comunión en el que
no teníamos ninguna objeción contra el mundo;
entonces, ¿cómo es posible que nuestra soledad sea tan grande?
Debió de ocurrir algo, pero el origen de la deflagración nos
resulta impenetrable; miramos a nuestro alrededor,
pero ya nada nos parece concreto, ya nada nos parece estable.


1'04"

H: En la soledad, en el silencio, en la luz, el hombre se carga
de energía mental, que luego disipa en sus relaciones con
el prójimo. Indiferente, perfecto y redondo, el mundo ha
conservado el recuerdo de su origen común. Fragmentos de
mundo aparecen, desaparecen, aparecen de nuevo.

M: Más allá del blanco está la muerte
y la separación de los cuerpos;
entre las partículas en carne viva
acabo mi trayectoria emocional.


1'17"

H: Suponemos la existencia de un observador.

M: Estas aquí
o en otra parte;
estás sentada con las piernas cruzadas
en el suelo de la cocina
y tu vida esta en ruinas;
alza tu voz hacia el Señor.

¡Mira! Hay moléculas
que existen en semienlace;
hay traiciones a medias,
hay momentos ridículos.

H: No vivimos; hacemos movimientos que creemos voluntarios.
La muerte no puede alcanzarnos; ya estamos muertos.
***

Tin, tin. Comte-Sponville tenía razón.


14 diciembre 2013

Velázquez norteado



 Velázquez norteado
 
El karma de vivir al norte, de Carlos Velázquez (Torreón, 1978), pertenece al grupo de los libros que surgen bajo situaciones-límite. Este límite —en su acepción de barrera geográfica y obstáculo mental— no sólo se refiere al hecho de hacer crónicas sobre una ciudad y al mismo tiempo querer abandonarla cuanto antes, sino también a la línea fronteriza entre el reino de los vivos y el de los muertos, al tono que oscila entre la viñeta paranoica y el relato de horror. Una forma de escritura tan descarnada más que un estilo funda una terapéutica. La enfermedad es el norte. En México, durante el sexenio del presidente Felipe Calderón, la guerra contra el narcotráfico superó las 100,000 ejecuciones. Bajo el clima de violencia imperante, Torreón se convirtió en una fosa común abierta —Torreonistán— y Velázquez crea un fresco a partir de sus vivencias desde una perspectiva más cercana a Breaking Bad que a las notas rojas de los diarios. No encontrará el lector en las casi doscientas páginas la mirada fría del oficio periodístico porque el fin es otro. “Una de las tantas razones que me impulsaron a escribir este libro es que todas las obras que conocía sobre el tema estaban filtradas por la mirada del reportero. Pero no existía un relato autobiográfico de primera mano. Así que me decidí a contar mi historia como padre de una hija, como habitante de la ciudad y como consumidor de sustancias.” Dicho movimiento desde el interior privilegia la honestidad brutal de quien nada tiene que perder porque está de regreso de todo.  

Por momentos Velázquez tiende al soliloquio, como si hablara con cadáveres. En su intención de remover la tierra se ensucia las manos. Así, de pronto, viaja en el asiento trasero de un taxi conducido por un sicario que precisamente disfruta dialogar con los muertos, e intenta salvar su propia vida y la de su hija. O es testigo de una escena de porno hardcore en un bar de oscuras confianzas. Atrapado entre los zetas y el cártel de Sinaloa, examina los pilares que constituyen la identidad torreonense —leche, carne, cerveza, cumbia y futbol— y de paso los disfruta. Se implica en el mal activamente. Y jamás moraliza. Si acaso, paladea la emoción de vivir al borde. El lector puede apreciar de forma inmediata el ritmo, la cadencia y la decadencia que la prosa va chorreando. Gota a gota, se vuelve cómplice. Termina por ceder. El karma de vivir al norte no denuncia la violencia en el país bajo el tono juicioso de los humanistas preocupados en abstracto. A ésos otro libro, quizá la biblia. Si se tratara de un virus, podríamos decir que Velázquez ya está infectado. Únicamente deja un testimonio. No espera un futuro antídoto: sabe que va a morir. La escena concreta en que el evento ocurra y las variaciones forman parte de la trama. Allá va corriendo él con su hija, transpira miedo puro. Cierra la puerta de su casa, se sienta con una botella de vodka y, frente a la mesa, explota en llanto. Velázquez se siente norteado. Una brújula para él, por favor.

–Christian Núñez



El karma de vivir al norte
Carlos Velázquez
Sexto Piso, México, 2013



  Publicado originalmente en Diario La Tempestad [12.12.2013]