CONEJOBELGA

30 enero 2014

SARAMAGO: Los ciegos



 SARAMAGO: Los ciegos
 
De camino a la casa de la chica de las gafas oscuras atravesaron una gran plaza donde había grupos de ciegos escuchando los discursos de otros ciegos, a primera vista ni unos ni otros parecían ciegos, los que hablaban giraban la cara gesticulante hacia los que oían, los que oían dirigían la cara atenta a los que hablaban. Se proclamaba allí el fin del mundo, la salvación penitencial, la visión del séptimo día, el advenimiento del ángel, la colisión cósmica, la extinción del sol, el espíritu de la tribu, la savia de la mandrágora, el ungüento del tigre, la virtud del signo, la disciplina del viento, el perfume de la luna, la reivindicación de la tiniebla, el poder del conjuro, la marca del calcañar, la crucifixión de la rosa, la pureza de la linfa, la sangre del gato negro, la dormición de la sombra, la revuelta de las mareas, la lógica de la antropofagia, la castración sin dolor, el tatuaje divino, la ceguera voluntaria, el pensamiento convexo, el cóncavo, el plano, el vertical, el inclinado, el concentrado, el disperso, el huido, la ablación de las cuerdas vocales, la muerte de la palabra, Aquí no hay nadie que hable de organización, dijo la mujer del médico a su marido, Quizá la organización esté en otra plaza, respondió él.

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera


29 enero 2014

artesmerida.com: tejiendo conexiones




 artesmerida.com: tejiendo conexiones
  
artesmerida.com presenta en su primera edición una serie de obras multidisciplinarias cuyos creadores están vinculados a esta zona geográfica de México por distintas razones. El catálogo rastrea el presente de la producción artística yucateca (sus características, direcciones e intereses) al mismo tiempo que introduce una plataforma de conservación, difusión y promoción del patrimonio cultural que está surgiendo aquí y ahora. Es además un proyecto abierto a la actualización constante que se complementa con un mapa cultural orientado a cartografiar espacios físicos y virtuales de enseñanza, creación y difusión cultural. Una herramienta necesaria para las interconexiones.

Grupo Editorial Multimedios apuesta por la calidad en un momento clave, ciertamente ambivalente, en el cual las disciplinas se yuxtaponen y la hibridación de géneros exige métodos que se alejen del simple inventario. El riesgo, la experimentación fondo/forma y el pensamiento lateral son bienvenidos. También la técnica depurada, el amor al detalle, las historias no rectilíneas, los estremecimientos y la disonancia. Mérida compone su álbum creativo en un contexto dinámico y vertiginoso que posee múltiples ángulos e intenta distanciarse de las soluciones artísticas habituales. Se observa evolución en el abordaje conceptual, entrenamiento técnico, marcos de referencia. Madurez, en suma.

No obstante, varias puntualizaciones resultan apropiadas. El proyecto inicial fue ampliándose y adaptándose a las propuestas recibidas, y no viceversa. De este modo, las obras moldearon el contenido del catálogo con categorías a posteriori para hacer más accesible su manejo. Al final, se incluyeron los portafolios de 36 artistas, distribuidos en cinco bloques: Pintura, Escultura y Arte objeto, Fotografía, Gráfica y Técnicas mixtas, y Multidisciplina —este último conjunto sin duda el más heterodoxo y audaz. Lejos de asumir criterios puristas o eruditos, la elección de trabajos se basó en sus elementos diferenciadores y el nivel de profesionalización.

artesmerida.com no es el Who’s Who incuestionable de unos pocos elegidos. Por el contrario, da un primer paso para organizar una red en la que todos los artistas de la región se integren y construyan sus propios canales de interacción con mejores recursos humanos y tecnológicos. La claridad mental no causa impuestos, y se vuelve nuestro mejor aliado cuando sabemos usarla en función del bien común. «Utilizar una piedra por primera vez no es cultura—señala Umberto Eco. Establecer qué y cómo la función puede repetirse y transmitir esta información del náufrago solitario de hoy al náufrago solitario de mañana, esto sí lo es.» Que esta sea, pues, la primera de muchas piedras fructíferas.

–Christian Núñez



 Presentación del catálogo artesmerida.com 2013


16 enero 2014

El Síndrome Alicia



Irónicamente, el mito de Alicia ha madurado.
   
La lectura de Alicia en el País de las Maravillas nos deja claro que Lewis Carroll (1832-1898) deseaba no haber crecido. Jaime de Ojeda señala en el prólogo de la versión de Alianza Editorial que el escritor inglés, Alicia Liddell y las otras niñas del séquito solían dar juntos largos viajes por el río Támesis, y nada más. Pero el beneficio de la duda perpetúa el mito. Desde mi punto de vista, los materiales artísticos derivados de Alicia se catalogan en dos vertientes. Una softcore, tipo Disney, que no se adentra en temas incómodos y resuelve las cosas de forma casi mimética, y otra hardcore, dirigida a un público maduro, donde se reelaboran los patrones simbólicos de la obra original y se añade malicia psicológica y depravación moral. Lo demás, si Carroll era pedófilo, si había morbo en las fotografías que tomaba, si era desdichado, nunca lo sabremos, y tampoco importa. Su mayor ganancia fue haberse adelantado al surrealismo, sin Breton y los demás caballeros de las ideas absurdas, e inventarse un mundo propio que todavía hoy rinde frutos en las fantasías ajenas. Canciones de rock sesenteras como White Rabbit, de Jefferson Airplane, y videojuegos como el complicado American McGee’s Alice con banda sonora de Chris Vrenna son tan sólo dos excelentes materiales derivados del Síndrome Alicia. Súmenle dibujos animados, novelística, música, cine, moda, artes visuales y tantas versiones, revisiones y perversiones y ya tenemos nuestra primera colección de niñitas traviesas.

Como cuenta la anécdota, Alice in Wonderland nace en compañía de las hermanas Liddell (Alicia, Lorina y Edith) un 4 de julio de 1862 con el título preeliminar de Alice's Adventures Under Ground (Las aventuras de Alicia bajo la Tierra). Después vino su publicación con el nombre actual y las ilustraciones de John Tenniel, un 24 de mayo de 1865 bajo el sello Macmillan. Más adelante, Vladimir Nabokov tradujo el libro al ruso y es increíble que niegue la influencia de éste en Lolita, su obra más famosa. Lolita narra la historia de Dolores Haze, una linda y redondeada teen, medio tonta y medio astuta, que se deja seducir por el esposo de su madre, el profesor Humbert Humbert. Aparte de escandalizar a los estadounidenses de los años 50’s del siglo XX, Lolita también ha servido para designar un popular género en la industria pornográfica, la lencería adolescente, el animé japonés y otros fetiches culturales. Cuarenta años después, en 1996, A. M. Homes publicará en Nueva York El fin de Alice, que revisita los arquetipos femeninos del ruso y el inglés en un sorprendente relato criminal de sangre y sexo. Un pedófilo cuenta desde la cárcel cómo mató a su chica favorita, la impulsiva Alice Somerfield, de doce años y medio, y se alternan sus memorias con las incursiones eróticas de una estudiante obsesionada con un menor de edad. Antes de eso, Alicia era sólo una niña prepúber cayendo en cascada por el agujero del conejo. A partir de El fin de Alice, formularlo así sería un eufemismo, un modo agradable de hacerse el idiota frente a los serial killers.

Por desgracia, los amigos imaginarios del reverendo no eran capaces de invertir el sentido del reloj victoriano. Uno crece, los demás crecen, la infancia se olvida, las niñas se casan y tienen hijos. Llegó el día en que Carroll vivía de recuerdos y escribía cartas nostálgicas a las mismas chicas que alguna vez oyeron sus improvisaciones fantásticas. Por triste que suene, Charles L. Dodgson nunca entendió que sus compañeras eran criaturas mutables y transitorias, no tan apasionadas como él, ni tan excéntricas. “No creo que nunca llegara a comprender que nosotras, a las que había conocido como niñas, pudiéramos dejar de serlo. Pasé unos días en su compañía hace tan sólo unos pocos años, en Eastbourne, y me sentí, mientras estaba a su lado, niña una vez más. Nunca pareció darse cuenta de que había crecido, excepto cuando se lo recordé, y entonces sólo dijo: No importa, tú siempre serás una niña para mí, incluso cuando tengas el cabello gris”, señala Gertrude Chataway. Así era Carroll de insistente y dulzón. A la distancia, percibimos que su soledad fue tan prolongada como sus misivas. “Siempre siento una especial gratitud hacia las amigas que, como usted, me han dado su amistad de niñas y su amistad de mujeres—le escribe a una misteriosa dama. Nueve entre diez de mis amistades con niñas se hunde en el punto crítico «cuando la corriente y el río confluyen», y las niñas amigas, en un tiempo tan cariñosas, se convierten en amistades carentes de interés en las que no siento deseos de fijar mis ojos de nuevo.”  

Por cierto, la versión fílmica de Jan Svankmajer, lanzada en 1988, rediseña los códigos simbólicos de Alicia en el País de las Maravillas con completa libertad de espíritu, así que no esperemos ver una simple traslación del texto victoriano al lenguaje cinematográfico. Se trata del sueño que Svankmajer edifica en base al sueño que Carroll edifica en base al sueño de Alicia Liddell. En pocas palabras, presenciaremos una pesadilla en tercer grado. Muñecas feas, conejos embalsamados, ojos fuera de órbita y animales fúnebres representan sólo un porcentaje mínimo de las alucinaciones que veremos proyectadas, con el permiso del reverendo Dodgson. Así que dejen el té para otro momento. Podrían indigestarse.

Donde la corriente y el río confluyen.


08 enero 2014

Asesinato con peces de colores



 Asesinato con peces de colores

Los amantes del cine asiático ya deben estar acostumbrados a sus extraños giros argumentales y a la sangre que salpica sus historias. El tratamiento de temas tabú es bien recibido y la relativa libertad creativa de sus directores nos predispone al mood carnicero. Cualquier cosa enfermiza y francamente asquerosa puede ocurrir. Celebramos al policía que busca venganza por cuenta propia, torturando al asesino con justicia clínica. Nos inquieta la niña fantasma de cabello largo que se monta en la espalda del fotógrafo. O la profesora que atormenta a sus ex alumnos con fondo musical de Radiohead. El cine asiático ha resuelto ya que su visión es decididamente macabra, oscura cuando menos. En ese orden de ideas Cold Fish (2010), del director japonés Sion Sono, resulta un ejercicio gore con un sentido de lo grotesco finamente perfeccionado.

La película se inspira en una pareja de asesinos seriales de los años 80 que administraba una perrería y ejecutó a varios clientes. Por una cuestión de funcionalidad estética, Sono sustituye a los perros por peces exóticos y focaliza nuestro interés hacia Shamoto, el gris propietario de un modesto negocio —con mujer e hija— que iniciará un viaje a los infiernos tras conocer a Murata y su esposa Aiko, los asesinos en serie a cargo de un local más grande, el Amazon Gold. Shamoto evoluciona en medio de su crisis adulta hasta alcanzar un punto clave, y a medida que los desmembramientos se hacen más frecuentes, el arco se irá tensando hacia un final explosivo. La cinta retrata la descomposición social en sus múltiples niveles y, más allá del humor negro, incomoda por otras razones. La vida es dolor, le dice Shamoto en una de las escenas finales a su hija adolescente.

El pesimismo que coloca los eventos sanguinarios sobre una plataforma teórica podría remitirnos a otro excelente análisis de la condición humana, que también revisa una nota roja de asesinos seriales: Profundo carmesí (1996), de Arturo Ripstein. Incluso es posible asociar la descarga violenta de Shamoto con las descripciones que Elias Canetti plantea en el ensayo Masa y poder, donde explica que un aguijón de poder depositado de forma hostil tarde o temprano será clavado en alguien más invariablemente. Cold Fish nos instruye sobre los pormenores del asesinato: manipulación, paranoia, desequilibrio psicológico, simple nihilismo. O, como en el caso del pusilánime protagonista, la sangre se convierte en un acto liberador, la única forma de vaciarse por completo de los aguijones que alguien más puso ahí. Aun a costa de uno mismo.

–Christian Núñez



Cold Fish
Sion Sono
Nikkatsu / Stairway, 2010



La moral de Thomas Bernhard

 
 La moral de Thomas Bernhard
 
Tala, de Thomas Bernhard (1931-1989), aborda problemáticas donde la dimensión moral de los actos humanos es el eje básico de la acción, si acaso podemos llamar ‘acción’ a lo que ocurre durante el inmenso monólogo que se desarrolla en sus páginas. Desde el sillón de orejas en el que relata sus recuerdos a partir de una cena artística a la que es invitado por cortesía de los Auersberger, el autor austriaco hace una crítica del mundo artístico y sus hipocresías, atacando el oportunismo de sus antiguos amigos y su actitud falsa pequeñoburguesa. El hecho de haber utilizado el reciente fallecimiento de Joana, una amiga en común, para celebrar dicha cena, cuyo objetivo principal era homenajear a un actor de teatro que nada tenía que ver con el suicidio de aquélla, detona uno de los monólogos más intensos y viscerales que se hayan escrito jamás. La forma reiterativa de contar lo ocurrido produce un efecto de circularidad hipnótico. Bernhard repite una y otra vez los elementos de la trama y los concatena a sus impresiones personales, abusando del recurso con una maestría diabólica. La sensación de observar una cascada verbal majestuosa y terrorífica se apodera del lector. Leer implica dejarse arrastrar por el remolino. Ser golpeado. Dimitir. La subyugante claustrofobia no sólo física —el protagonista de la novela se halla en la sala de los Auersberger, a oscuras, recluido en sus razonamientos devastadores, lejos de la mirada ajena— sino filosófica y existencial sirve a Bernhard para colocarnos en el bando de los marginales, quienes a menudo se autoexilian de su entorno social. A esta especie de observadores de la desgracia humana pertenecen muchos personajes de ficción, desde Holden Caulfield hasta los coléricos antihéroes de Fernando Vallejo, otro endemoniado, y las criaturas maltratadas de John Steinbeck. Bernhard conmueve precisamente por la soledad que descubre a su alrededor, que él mismo persigue porque no encuentra mejores opciones, y gracias a la cual mantiene cierta pureza de espíritu. Lo que reprocha a los Auersberger, a sus colegas artistas de generación, a la ciudad de Austria y al universo, es la simulación en la que han caído en nombre del arte y la cultura. Precisamente porque él mismo se dedica al arte y la cultura, denuncia la corrupción que lo rodea esa noche, síntoma de una sociedad enfermiza y de un sistema de relaciones humanas en decadencia. Y gracias a ello se salva. El moralista Bernhard pone punto final a viejas cuestiones que todavía hoy siguen vigentes, y en su denuncia del manoseo artístico nos identificamos.  

Todas esas gentes que un día fueron realmente artistas o, por lo menos, artísticas, no son ahora más que las máscaras y las cáscaras de lo que un día fueron; sólo tengo que oír lo que dicen, sólo tengo que mirarlas, sólo tengo que entrar en contacto con sus creaciones para sentir lo mismo que siento ahora en relación con este banquete, con esta insulsa cena artística. Qué ha sido de todas estas gentes en estos treinta años, pensaba, qué han hecho todos estos seres de sí mismos en estos treinta años. Y qué he hecho yo de mí mismo en estos treinta años, pensaba. En cualquier caso, es deprimente ver lo que estas gentes han hecho de sí mismas en estos treinta años, qué he hecho yo de mí, de todas esas condiciones y circunstancias en otro tiempo felices, todas esas gentes han hecho condiciones deprimentes y circunstancias deprimentes, pensaba en mi sillón de orejas, lo han convertido todo en algo totalmente deprimente, toda su felicidad en nada más que depresión, lo mismo que yo he convertido mi felicidad nada más que en depresión. Porque indudablemente todas esas personas fueron un día, es decir, en aquella época, hace treinta, incluso sólo veinte años, seres felices, fueron felices, y ahora no son más que seres deprimentes, deprimentes como yo, en fin de cuentas, no soy más que deprimente y no soy feliz, pensaba en mi sillón de orejas. De nada más que felicidad han hecho nada más que catástrofe, pensaba en mi sillón de orejas, de una pura esperanza, una pura desesperanza. Porque si miraba a la sala de música, miraba francamente nada más que la desesperanza, pensaba en mi sillón de orejas, nada más que desesperanza humana y, por decirlo así, nada más que desesperanza artística, ésa es la verdad.

Poco antes de fallecer, Bernhard prohibió la puesta en escena de sus obras de teatro en Austria. Tala, una de sus últimas novelas, se publicó en 1984, apenas cinco años antes de su muerte. Hay que leerla como un testamento.

–Christian Núñez

 
Tala
Thomas Bernhard
Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial, 2007



02 enero 2014

BERNHARD: Escribir poemas



BERNHARD: Escribir poemas
 
En aquella época me había refugiado ya en la escritura, no hacía más que escribir, no sé ya, cientos y cientos de poemas, sólo existía cuando escribía, mi abuelo, el escritor, había muerto, ahora tenía que escribir yo, ahora tenía yo la posibilidad de escribir, ahora me atrevía, ahora tenía ese medio para mis fines, al precipitarme en ello con todas mis fuerzas, abusaba del mundo entero, al convertirlo en poemas y, aunque esos poemas no tuvieran valor, lo significaban todo para mí, nada significaba más para mí en el mundo, no tenía nada más, sólo la posibilidad de escribir poemas. Por eso fue lo más natural que, antes de despedirme de mi madre, a la que habíamos dejado en casa porque sabíamos lo que significaba entregarla al hospital, le leyera poemas de mi cabeza.
 
Thomas Bernhard, El aliento