CONEJOBELGA

06 septiembre 2015

jugar axelay


Un matamarcianos perfecto.

Me enamoré de un videojuego a los diez años. Era simplemente increíble. En la colonia donde vivía, un amigo boy scout me rentaba títulos de Super Nintendo por tres pesos. Así llegó a mis manos Axelay, en versión japonesa de Super Famicom, la de bordes redondeados. Vaya curvas inolvidables. Lo jugué muchas veces, y nunca sentí que me hartara, sino sólo una leve incomodidad cuando lo tenía que devolver. Un día, decidí comprarlo. En el centro de Mérida [Yucatán] vendían algunos títulos. Fui siempre muy terco, muy obstinado. Quería ese juego.

Axelay fue lanzado por Konami en septiembre de 1992 para SNES. Relevo espiritual de Gradius III, este shmup aprovechaba ciertos recursos de la consola más popular de Nintendo, como el famoso Modo 7 para simular efectos 3D. Otra de sus hazañas es que alternaba niveles horizontales y verticales, hilvanados por un cuidadoso apartado gráfico y una magnífica banda sonora, a cargo de Taro Kudo—responsable del sonido en Super Castlevania IV. Jugar un matamarcianos así representaba un extraño privilegio. Casi un ritual.

Era encender la consola. Era insertar el cartucho. Era soplarlo si no lograba leerlo el SNES a la primera. Era desesperarse si con esa limpieza improvisada no se conseguía ningún resultado. Y era sonreír con el logo de Konami cuando ya las cosas parecían ponerse feas, y mejoraban. Podía pasarme horas frente a la televisión de casa de mi abuela, tragar un par de sándwiches de jamón y queso, y seguir jugando hasta la noche, cuando mi padre llegaba de trabajar. Repetir esa rutina toda la semana. Todo el tiempo del mundo. Todos los eones.

Axelay me enseñó en qué consiste la inmersión en los videojuegos incluso antes de que ese término se pusiera de moda. Ya no se trataba sólo de tubos, estrellas amarillas y princesitas hongo. Había un código de honor, una ética, una seriedad en la elección de armas y la defensa de tu planeta contra los malditos marcianos y sus naves enormes, coloridas y hermosas. Había un poderío sensorial que, con el tiempo, se iría puliendo en futuras obras maestras. Y qué decir de los enormes jefes de nivel: la seducción visual y el pavor.

El crescendo en Axelay estaba lleno de majestuosidad. Es decir, la forma en la que, sin darnos cuenta, nos sumergimos en un vórtice de emociones a medida que avanzamos. El intrincado collage de balas, texturas, fondos y destellos a diestra y siniestra. La certeza de que no había vuelta atrás, y que los niveles irían poniéndose aún más difíciles. Imaginación pura y dura, eso era lo que Axelay estimulaba en la mente de un niño que salía de clases y se iba directo a la máquina gris como un adicto. ¿Quién puede contra eso?  

Lamentablemente, el equipo desarrollador de este prodigio fundó Treasure en junio de 1992, lo cual implicó la cancelación definitiva de su esperada secuela. Sin embargo, vendrían muchos otros platos fuertes, suculentos y llenos de luz azul. Digamos que fue el comienzo de nuevos romances. Tal vez lo mejor, para mí, en aquel momento, eran la magia y el asombro de que algo así existiera. Esa capacidad de sorpresa que la madurez mental destruye inexorablemente.  
POSDATA: Axelay puede conseguirse en la tienda virtual del Wii U.