CONEJOBELGA

31 octubre 2015

suburbios de mérida_del facebook a la calle


Suburbios de Mérida descubre nuevos caminos para la gestión cultural.

El cielo de Mérida es un Pantone. Caminar por sus calles y detenerse a observar los cambios cromáticos puede volverse adictivo. Por distracción uno se detiene y fotografía paisajes rosas, violetas, azules, amarillos. A mitad del tráfico, el cielo pide lo más parecido a una selfie. Suenan los claxons. Mis pies no responden.

Tras la fundación de Mérida en 1542, alrededor de la Plaza Principal había un conjunto de asentamientos mejor conocidos como suburbios. Más tarde, conformarían los barrios que conocemos en la actualidad: San Juan, Santa Ana, San Sebastián, Santa Lucía, San Cristóbal, La Mejorada y Santiago.

Así surgió una idea viral.  
Suburbios de Mérida nace como un proyecto universitario por iniciativa de 4 amigos: Fernanda Camacho, Lolina López, Larissa López y Emmanuel Tatto. Se trata de una iniciativa que busca generar participación de la población meridana por el Centro Histórico y los barrios cercanos. Sus contenidos se encuentran en Facebook, Twitter,  Instagram y YouTube.





“Vivir en el centro de Mérida no es un lujo, sino un valor”, explica Fernanda, a propósito de una cita del arquitecto Víctor Morel. “Yo venía mucho al centro de niña, con mi abuela, porque a ella le gustaba comprar sus verduras en el mercado.” Nos hemos reunido en La Negrita Cantina, un punto de encuentro para jóvenes artistas y creativos participantes de la economía naranja.

Al fondo suena la famosísima Sopa de caracol, el one hit wonder de Banda Blanca.

Lolina comenta que debido a su belleza histórica y carácter apacible, Yucatán es un destino muy visitado por turistas nacionales y extranjeros. Aunque para sus residentes, Mérida “es un pañuelo.” Todo mundo conoce a todo mundo; las personas van de un espacio a otro, cruzándose. En gran parte gracias a la oferta cultural, que se ha elevado exponencialmente.

“Seguimos creciendo”, afirman convencidas, y dan un trago a sus cervezas. El calor es fuerte, pero Tatto no bebe alcohol. De hecho, casi no habla. Él se hace cargo de la fotografía, el vídeo y la cuenta de Instagram de Suburbios. “Hace poco, en el techo de la casa de Larissa, que vive en Santiago, nos subimos para hacer unas cápsulas de YouTube sobre nuestros perfiles. Queremos tener más seguidores; mínimo, unos dos mil”, dice.

Sus estrategias consisten en generar tráfico en redes sociales a través de contenidos multimedia, publicaciones periódicas, infografías y, próximamente, ejecuciones offline. En Facebook, los #JuevesDeEsquinas son para publicar fotos de las esquinas tradicionales del centro, cuyos nombres exóticos—El Zopilote, La Tucha, El Venadito—son una maravilla.



Igual que muchos yucatecos nostálgicos, Emmanuel cuenta que entró al proyecto porque le gustan los objetos antiguos. ¿Qué tipo de cosas acumulas?, le pregunto, y Lolina responde de inmediato: “mujeres”. Todos explotan de risa. “Me gustan mucho los recuerdos, la nostalgia, lo antiguo. De entrada, eso es lo que me atrae del centro. Pero ojo: los turistas que vienen aquí por la cultura no son los mismos que van a Cancún”, añade.

La población de Yucatán aumentó en los últimos años por la relativa calma que representa vivir en la península. Habitantes de otros estados—Quintana Roo, Distrito Federal, Campeche, Tabasco y Veracruz—y de regiones como Estados Unidos, Canadá y Europa han decidido formar parte del boom que vive la tierra del faisán y del venado.

En ese tren de ideas, #SuburbiosDeMérida inyecta más adrenalina a la dinámica cultural que los yucatecos viven a diario del Facebook a la calle. Salimos del bar rumbo a la Plaza Grande, entre bromas, cielos de película y anécdotas. De regreso a casa, voy a comprar pan dulce en El Retorno. Como Hansel y Gretel, arrojaré las migajas mientras camino.


Imágenes: Suburbios de Mérida

Esta entrevista/crónica se realizó durante el Taller de Periodismo Cultural impartido por Gloria Serrano en AFORO Gestión Cultural. CONEJOBELGA agradece a Ana Ceballos y Aniria Nava todas las facilidades otorgadas.



24 octubre 2015

manual de cacería_disección



Mediante un dispositivo escénico minimalista, Manual de cacería reúne 6 historias que van del bullying a la nota roja, pasando por la fábula y el testimonio familiar. Murmurante Teatro presentó esta pieza el pasado 17 de octubre en su sede de la Colonia México, dentro del Festival Internacional de la Cultura Maya. 


He visto Manual de cacería en dos ocasiones y recuerdo que la primera vez recibí numerosos golpes emocionales. Al abandonar la sala era inevitable sentir un cosquilleo a la altura del plexo solar, el hueco exacto de la angustia. Recuerdo haber pensado: esta pieza remite a varias estrategias narrativas empleadas por Michael Haneke. Porque es un ejercicio de contención dramática, atmósferas frías y cristales tintineantes en tensión creciente. Con el mínimo de recursos, se ha delineado un dispositivo límbico. El escenario conforma un no-lugar donde la sensación de tránsito e impersonalidad jamás desaparece. Es la yuxtaposición de elementos visuales, auditivos y dramáticos lo que explotará tarde o temprano. Una bomba de tiempo conformada por 6 microhistorias que abordan la violencia desde sus aristas familiares, sociales y psicológicas. Sin caer en el efectismo, la emoción gratuita o el colapso nervioso, el espectador se transforma en cómplice o testigo incómodo. El ojo y la piedra están dentro de uno.

Ariadna Medina, productora de Murmurante Teatro, señala que Noé Morales Muñoz construyó la dramaturgia interviniendo los seis relatos de modo flexible (tres de ellos sobre casos reales ocurridos en Yucatán, y tres basados en testimonios de los actores). “Noé propuso el ejercicio de la alternativa muerta—acota Juan de Dios Rath, director de la pieza—, en el que cuentas una trayectoria de vida partiendo de la posibilidad de que ocurriera algo que realmente nunca sucedió. Eso te brinda una serie de narrativas que no son estrictamente biográficas, sino imaginarias.” Posteriormente, y a raíz de un taller impartido por el director/guionista Jorge Prior, los murmurantes decidieron unir sus historias bajo el formato de documental. El resultado es una partitura de unidades independientes y articuladas entre sí, como los segmentos de un alacrán. “No hay un mecanismo de representación estrictamente vivencial. Es un asunto de acciones y de construcción de imagen más que de mimesis histriónica”, resume Juan de Dios.


El carácter híbrido de Manual de cacería es una de sus principales fortalezas, ya que logra integrar recursos multimedia con datos duros sobre problemas sociales en un contexto oblicuo y provocador, local y universal de forma simultánea. Dos pájaros de un tiro, dos picaduras. Al mismo tiempo, Murmurante se distancia de la figura del actor como un contenedor de emociones dentro de un teatro realista. Relativizan la idea del personaje a propósito: quienes relatan los hechos son personas. La síntesis de recursos expresivos, tecnológicos y estadísticos crean un dispositivo escénico—diseñado por Jesús Hernández, miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte FONCA—que cuestiona, critica y pone en crisis el dispositivo general en el que vivimos. Y abre una ventana hacia el paisaje durísimo de la violencia social con un acento ético, sin perder de vista los privilegios de la belleza atroz. Es aquí cuando mirar nos duele, pero no podemos dejar de hacerlo. El ambiente hostil de nuestro entorno deja de ser nota periodística para volverse documento estético y humano, demasiado humano.


Actualmente, Murmurante continúa expandiéndose. Ariadna señala que como empresa cultural han generado estrategias de diseño y comunicación específicas para que el proyecto sea sustentable, entre ellas la unificación de sus redes sociales y diversos programas que implementarán a mediano y largo plazo. El próximo 31 de octubre a las 8:30 PM presentarán en su sede [Calle 9 entre 18 y Avenida 20 (Líbano), Colonia México Norte] el documental Murmurante en el umbral de lo escénico. Este aborda el proceso de construcción de Manual de cacería como parte de la Beca de Coinversión del FONCA, que incluye también la gira de la obra. “Presentaremos un cortometraje de 30 minutos que hemos realizado con Memorabilia. Nuestra intención es generar un registro de los procesos grupales en cada proyecto, un material imperecedero que podemos mover con mayor facilidad para dar a conocer nuestro trabajo. Esto nos parece un sello distintivo y resulta útil porque a veces no es posible llevar la pieza teatral”,  finaliza.

Afuera, observo una calle desierta. Sin susurros ni escorpiones. Hoy, que no traje suéter, está lloviendo.


 Imágenes: Murmurante Teatro


04 octubre 2015

la fábula del lagarto negro



Ten cuidado con lo que deseas.
 
Brutal, potente. Magical Girl (2014), segundo filme del director español Carlos Vermut, tiene mucho punch y no solo eso: te deja un sabor amargo que puede durar varios días, como de pan seco y vino tinto. La historia se divide en 3 partes—Mundo, Demonio y Carne—, y entrelaza los ejes narrativos de Alicia (Lucía Pollán), una niña de 12 años enferma de cáncer y Luis (Luis Bermejo), su padre profesor de letras en paro. La de Bárbara (Bárbara Lennie) y el episodio del lagarto negro. Y la de Damián (José Sacristán), un maestro de matemáticas retirado que recién ha salido de la cárcel. Vermut hace todo lo posible por alimentar una intriga a partir del deseo (¿inocente?) de Alicia antes de morir: un fantástico vestido nipón de la Magical Girl Yukiko. Eso activa la trama de una de las películas más surrealistas/crueles de los últimos años, que nos trae a la mente la amargura nostálgica de Carlos Saura y la disección atmosférica de Michael Haneke. Un puzzle inspirado en la estética pop y el cine noir. 

Si Diamond Flash alimentaba el misterio sobre un superhéroe oblicuo, alrededor del cual se construyen situaciones dramáticas onda Pulp Fiction, Magical Girl asoma el rostro al abismo del deseo en un tour de force muy áspero. Nos lanza al subconsciente sin linterna. Me alucina cómo el director, quien viene del mundo de la historieta, hace un close up a la crisis española mediante un microverso propio, cerrado herméticamente. Bárbara, una de las femme fatales más subyugantes que se hayan visto, posee un espíritu autodestructivo que arrasa. El relato de su caída es una fábula sobre los límites entre el instinto y la técnica (la esencia trágica del pueblo español). Esto nos lo dice Oliver Zoco, el dueño inválido de una casa de placeres prohibidos, al explicar la dialéctica en las corridas de toros. Carlos Vermut dispone símbolos y arquetipos aquí y allá, como las migajas de pan que Hansel y Gretel dejaban a su paso. Guiños que el espectador reconoce para seguir su camino, cuya profundidad sobrepasa el contexto de la cinta.   
Otro de los elementos que refuerzan el ambiente cerrado y angustiante en esta alegoría de la crisis (económica, emocional, psíquica, axiológica) es el excelente apartado sonoro. De hecho, al oír el corte de los créditos [Song of the black lizard, de Pink Martini, en homenaje a Edogawa Rampo], me he dado cuenta que hay mucho de belleza y perversión en Magical Girl: una tristeza vintage doméstica, de domingos en cantinas que transmiten partidos de fútbol. Escucharemos también temas de Bach, Satie y la tensa interpretación de Manolo Caracol en La niña de fuego. El cruce de disciplinas que hicieron boom en la cabeza de este director y lo llevaron a crear un ingenioso artefacto de tortura audiovisual no dejará inmune a nadie. Y lo mejor: sin una sola escena explícita. 




Magical Girl 
Carlos Vermut
Avalon, 2014