CONEJOBELGA

16 mayo 2017

nada como un cuento infantil


Cuervos, cerdos y madrastras en Auschwitz.


Este no es un cuento infantil, pero como si lo fuera. En la novela Una niña está perdida en el siglo XX, el escritor portugués Gonçalo Tavares plantea una situación límite, de esas que tanto le gustaban a Sartre y Camus. Marius y Hanna (un hombre que huye de su pasado y una niña con trisomía 21) llegan a un hotel a oscuras. La única luz que distinguen es la que ilumina habitaciones con nombres de los campos de exterminio. Cuando por fin encuentran la suya, respiran aliviados: han llegado a Auschwitz. Tavares sugiere que no siempre es malo temerle a la oscuridad, porque puede aparecer una luz peor que ella.

Entre 1938 y 1939, Bruno Bettelheim, autor del libro Psicoanálisis de los cuentos de hadas, también pasó por dos campos de exterminio, los de Dachau y Buchenwald. Tras ser liberado, se exilió a Estados Unidos y obtuvo la nacionalidad norteamericana en 1944. Se dedicó a investigar sobre el espectro autista, fundó y dirigió la Escuela Ortogénica de Chicago y desarrolló una serie de interpretaciones en torno al contenido simbólico de los cuentos infantiles. En 1990, el psicoanalista se suicidó.

Los cuentos de hadas externalizan los procesos internos del menor al ser representados en una historia. Son una forma de teatro guiñol que nos permite observar nuestros conflictos. “Esta es la razón por la que en la medicina tradicional hindú se ofrecía un cuento, que diera forma a un problema, a la persona psíquicamente desorientada, para que meditara sobre él. Se esperaba así que, con la contemplación de la historia, la persona trastornada llegara a vislumbrar tanto la naturaleza del conflicto que vivía y por el que estaba sufriendo, como la sensibilidad de su resolución”, explica Bettelheim. Harold Bloom sostiene algo similar: que cada quien se ilumina a sí mismo con la elección de sus lecturas.


Para combatir la oscuridad, nada como un cuento infantil. Es terapéutico mirar los sueños de inconsciente colectivo. Abordan problemas universales en el lenguaje simbólico. Revelan miedos, fobias, paranoias. En Los tres cerditos, las casas construidas—de paja, madera y ladrillo—muestran el progreso desde la personalidad dominada por el ello hasta la personalidad influenciada por el super-yo, pero controlada esencialmente por el yo. Solo el cerdito mayor ha aprendido a comportarse de acuerdo con el principio de realidad. En Cenicienta, la fantasía de la madrastra cruel no solo conserva intacta a la madre buena, sino que evita los sentimientos de culpa del niño al disociar ambas.

Muchos cuentos expresan el resultado de los malos deseos y la impaciencia. En Los siete cuervos, relato de los hermanos Grimm, una niña recién nacida desestabiliza emocionalmente a su padre de forma patológica. Cuando envía a uno de sus hijos mayores por agua para bautizarla, y este se demora, exclama iracundo que desearía verlos transformarse en cuervos, lo cual ocurre de inmediato. Las historias infantiles pueden ser irreales, pero no falsas, señala Bettelheim. Describen de forma simbólica los procesos para la vida independiente y la inteligencia emocional. Esa que nos permite distinguir entre la luz de Auschwitz y las tinieblas ventajosas.