CONEJOBELGA

11 diciembre 2017

el amor es una espiral descendente


Temporada de huracanes, la reciente novela de Fernanda Melchor, reconstruye un crimen desde la ficción policiaca.
 
1. Los huracanes llegan sin avisar. Irrumpen. Arruinan. Horadan. Se habla de huracanes reales y metafóricos. De contextos que pierden su nivel moral. Es un hecho que Veracruz fue asolado durante el gobierno de Javier Duarte. Y que en México vivimos una de las épocas más peligrosas para ejercer el periodismo. Es un hecho que atravesamos un estado de vulnerabilidad y desprotección entre aguas contaminadas por el descreimiento político, la violencia y el narco. ¿Sobre qué escribir, entonces? ¿Cómo escribir después de Ayotzinapa, o el asesinato de Rubén Espinosa y Nadia Vera? ¿A dónde dirigirnos en medio de las ráfagas de feminicidios, promesas electorales oportunistas, sospechas de represión militar y un clima francamente perverso?

2. En uno de sus divertidos planteamientos binarios, Ernesto Sabato divide la literatura entre cortesana y problemática. La primera sería aquella que busca entretener, se distancia voluntariamente de ciertos asuntos existenciales y adopta un acento lúdico. La segunda, más reflexiva, dedica sus recursos a comprender la condición humana y teje una alegoría más o menos espesa sobre los conflictos del individuo. Me pregunto si no podría haber un término medio, y si un autor no podría fusionar ambas posiciones. Pero Sabato no era un intelectual aristotélico; lo sabemos por su posición antagónica frente a Borges. Enemistad que él mismo, bajos sus propios criterios, planteaba. ¿Quién es cortesano, y quién reflexivo? ¿Quién escribe desde torres de marfil, y quién explora el subsuelo? Etc.

3. Sirva lo anterior para encuadrar cierta literatura que está produciéndose en Latinoamérica. Y señalar cómo las preocupaciones de algunos autores vinculan el quehacer literario con la exploración de situaciones límite sin perder la brújula del fenómeno estético. Mariana Enríquez, en su orientación hacia el relato de horror, ha sabido exprimir el ecosistema de la crítica social sin caer en el folleto moralista o el reduccionismo de la nota roja. Caso similar al de Samanta Schweblin, que pone el dedo en las múltiples llagas de lo cotidiano/político sin reclamar culpables. Fernanda Melchor, en Temporada de huracanes, logra matar dos pájaros de un tiro. Aborda un crimen pasional reciente, donde los muertos se pudren a plena luz del día, y adopta el código verbal de personajes periféricos. Habla como ellos. Les da voz. Los habita con chismes, rumores, insultos. La trama—un brujo asesinado por su amante—es una sesión espiritista.

4. Personajes que hablan sucio y rastrean dentro de su cabeza los acontecimientos previos al crimen. Lo que une a las criaturas de Melchor no es el amor sino el espanto—invocando a Borges—, porque sus pasiones van directo al ojo del huracán. El narrador, si bien es omnisciente, no se coloca en un sillón metafísico a la distancia, observando con desdén lo que ocurre, sino que posee los cuerpos como un demonio. Entra en las gargantas. Habla por sus bocas. Los domina. Dentro de este storytelling atravesado por imágenes explícitas de sangre, lodo y sexo, el lenguaje revela una transgresión infinita. Recorremos los círculos del infierno en capítulos de un solo párrafo, agotadores y concéntricos. Nos movemos en órbitas elípticas alrededor del desamparo. El tour recuerda lo que hizo Gaspar Noe con Irreversible.

5. Como si la literatura marchara en sentido inverso a la realidad aplastante—a peores circunstancias, mejores libros—, la prosa de Fernanda Melchor funge como un exorcismo. Novela de pulso desenfrenado, Temporada de huracanes no se anda con rodeos. Advertidos están.  


 
Temporada de huracanes (2017). Fernanda Melchor. Random House.