CONEJOBELGA

31 diciembre 2015

cuaderno para matar escorpiones



Todos los grandes monstruos de la historia nos han robado el corazón de alguna manera: los sentimientos incomprendidos de Frankenstein, la tristeza de la inmortalidad de Drácula, el amor imposible de King Kong, el decidido autoaislamiento del Yeti, incluso la estúpida y pedófila sonrisa del payaso McDonald’s. En Cuaderno para matar escorpiones, Christian Núñez (México, 1981) reúne arácnidos, fetos, caracoles, oficinistas, suicidas y, peor aún, publicistas. Uno de los monstruos más audaces del bestiario—el niño enfermo— tiene cáncer pero no se muere, sobrevive para convertirse en publicista, ¡qué destino! Núñez también sospecha que ninguno de estos outsiders ha conseguido lograr su misión: integrarse a un ámbito social donde los seres humanos resultan incluso más terroríficos que las bestias reptantes y de aguijones envenenados.

–Luis M. Hermoza
 
Un abrazo, ella dice
Una carta en un sobre amarillo
Una cabeza de búfalo
Y un acordeón.



BREATHING EXERCISES [24.05.2009]
Cuando no haya inspiración, repite con otras palabras los mismos sonidos que hacías de pequeño en el vientre de tu madre. El mismo titilar de las estrellas, el mismo viaje automovilístico, los mismos nueve meses. Nunca olvides que para vivir, para morir, las palabras de los niños tienen que ser cacofónicas y discordantes.     


RUNNING WILD [24.05.2009]
Una mujer y un niño compraron cinco caracoles y los pusieron a correr en cuenta regresiva, y ninguno fue capaz de volver ileso a la tienda de mascotas.


DRAWING CIRCLES   [15.10.2009]
El hombre camina rumbo a las ruedas de los autos. El hombre dice que las ruedas de los autos no van bien, no vienen bien, no están girando. Las ruedas de los autos no giran, dice el hombre. Camina rápidamente al supermercado para devolverle al mundo un montón de revistas viejas. El hombre fuma arriba de la montaña de los difuntos cantores. Se refugia debajo de la montaña de los difuntos cantores. Prepara una sola canción, una sola gran canción antes de la última lluvia, y la entona en los supermercados, a la salida de los supermercados, en los estacionamientos de los supermercados, a la izquierda de los vehículos de los supermercados, a la derecha y persiguiendo a los automovilistas, a los choferes que llegan uno por uno a ordenar las bolsas en las cajuelas de los coches. Entona la canción del mal. Y les entrega a los choferes un cuento, estira la mano y ellos depositan en su lata las mismas tristes limosnas. Y el hombre les cuenta una historia para recordarles frente al televisor, en la ducha fría, en los momentos de placer conyugal, en las inspecciones a los hijos que duermen abrazados el uno contra el otro, para recordarles lo mismo. El hombre cuenta la misma historia, fuma el cigarro de siempre, los conductores lo esperan a la salida del estacionamiento, le ofrecen una cerveza junto a los tanques, en las gasolineras de autoservicio, en las entradas de los hoteles, y el hombre se aflige oyendo la música que transmite la vieja estación del universo. Toma un respiro y reza un ave maría. Y la luz del universo es azul a la hora del ave maría del hombre. Dios, dice el hombre. Dios, Dios, Dios, Dios, dice el hombre, y camina hacia los cementerios. Busca las cocheras particulares, reza bajo las llantas, busca la torre de la iglesia, la más alta de las torres, la única torre más alta de las torres, y se avienta. Busca el mar, las estrellas de mar, a los autistas que atrapan estrellas de mar y, desconsolado, nada hasta la orilla opuesta, se corta las manos en la orilla del cuento, es el diluvio, dice, el diluvio, y una ambulancia lo traslada al inicio de la narración.


ATHLETI [15.10.2009]
Este hombre corría porque no podía ver sus ojos. Corría miles de kilómetros y no encontraba la forma de volver a ponérselos. Y sus ojos se fueron alejando. Este hombre empezó a salirse del mundo. Se le fue de las manos la realidad. No reconocía límites. Hablaba solo. Y su voz eran varias voces. Y su boca eran varias bocas. Y su lengua eran millones de lenguas. Una noche, bajó a la ciudad y rentó un departamento. Se compró una cajetilla de cigarros, y fumó, y aplastó los cigarros, y habló por teléfono averiguando si su madre vivía. La llamó; le dijeron que estaba a punto de parirlo. Entonces, despertó. Auxilio, decían los ojos de este hombre que había perdido el camino de regreso. Auxilio, decían los ojos. Y el hombre lloraba cogido de una manta sobre la cual millones de insectos habían eyaculado previamente. Y la habitación estaba repleta de insectos, el hombre lloraba encima de los insectos, y nadie le recitaba un poema. Pidió un taxi. Esa noche lo trasladaron hasta una tumba, leyó un pasaje de la Biblia y la Biblia lo sujetó de la ropa y le dijo: Cálmate. Y el hombre la escuchó. Los pájaros tiritaban sobre las copas de los árboles, los pájaros crujían y el hombre tenía miedo. Ese miedo le hizo huir. Pasaron veinte años. El mundo se pobló de nuevos atletas, demasiado jóvenes, demasiado inteligentes y demasiado bellos para estar solos. Sin embargo estaban solos. Y el hombre decidió escribir su vacua historia, el cuento de su tren caído en desgracia, y se puso los tenis, y volvió a comenzar.

LOST SUITCASES [05.06.2012]
El ambiente de la oficina era más bien saludable y a nadie podía serle demasiado molesto. La mesa tampoco era demasiado grande ni estaba saturada de cosas. Nada era demasiado. En ocasiones de fulminante aburrimiento, si no había muchos pendientes, fumaba con un amigo en el patio. El amigo solía comprar cigarros y los compartía con él. Platicaban quince minutos. En verano, las nubes altas, pavorosamente limpias, eran taladradas por pequeñas aves negras. Si volaban más allá se perdían, mientras el sol iba repartiéndose por el mundo. Diariamente leía el periódico en su computadora, cuyo procesador vomitaba la misma crisis. Y se conectaba a las redes sociales, pese a no tener demasiados amigos. Era un tipo normal. Cuando entraba al baño casi nunca usaba el inodoro. Prefería orinar en el lavabo. A menos que cagara. Cuando tenía dolor de estómago, prefería reportarse y hacerlo en casa. Lo había hecho en ciertas ocasiones, cagar, en su casa, en su inodoro, para que nadie oyera sus pedos. A veces ponía música. Pequeños placeres. También eso era un atenuante. No sabía exactamente contra qué o contra quiénes. La música, la mierda, el trabajo. Con sus padres mantenía una relación de respeto y distancia. Con sus antiguas novias únicamente de distancia. Consigo mismo no mantenía ninguna relación.
                     
Demoraba en conciliar el sueño. En su juventud pensaba en la muerte. Ahora pensaba en el vacío. Un dormitorio vacío. Una casa vacía. Un corazón vacío. Soñaba con cientos de agujeros imposibles de llenar con tierra. Que sus padres lo abrazaban y le decían: feliz cumpleaños. Que su perrita, en traje sastre de rombos, se despedía para ir al trabajo y jamás la volvía a ver. Soñaba que debía contabilizar muchos cuadrados negros, parecidos a los cubos de Rubik, memorísticamente. Y se confundía. Y se confundía. Y se confundía. Soñaba que su primo, muerto hace varios años en un accidente automovilístico, le hablaba de la lluvia en una camioneta. Y que la madre de su primo le obsequiaba sus pantalones de mezclilla, sus calcetines, pero sin llorar. Desquitaba el insomnio escribiendo. Encendía la computadora, se masturbaba. El psicólogo le dijo que él era un huérfano, una pequeña herida de la que nadie se hizo cargo. Fumaba sin afligirse, sin la sensación de que sus músculos le degollarían de algún modo en una conspiración universal. Sus venas con las maletas preparadas y los ojitos vacilantes. Un día le confesaron que se habían enamorado de él. Recibió una carta, luego otra, diez cartas idénticas. De pronto se interrumpieron. Se olvidó del asunto y siguió con su vida. Tenía las cosas bajo control. Aquella tarde se convirtió en pájaro.


Un hombre endemoniado
Afila sus tijeras sobre un monolito
Abandona la ciudad en dirección al norte
Se deja morir en un exilio inútil

Los ascetas
Dirán que fue un Dios.





ESFERA  [08.02.2014]
Allí estaban los dos, padre y madre, esperando que les avisaran si mi estado de salud mejoraría en las próximas horas, en ese hospital público al que tantas veces había ido desde que me diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda, y al que el resto de la familia solía llevarme regalos póstumos, que yo ingenuamente disfrutaba y eran la piedra angular de mi entretenimiento, rodeado de enfermos terminales de cáncer en el pabellón infantil, donde empecé a dibujar, años más tarde reflexionaría al respecto, ni siquiera a leer, puesto que mis parientes no eran más que pésimos lectores, y en un descuido parecían capaces de lanzarme al barranco si no oponía resistencia. Mi madre lloraba porque su primogénito estaba a punto de morir demasiado joven en esa cama de hospital público, y mi padre continuaría su vocación de mujeriego, ninguno de los dos, sobra decirlo, tenía idea de los efectos secundarios de las quimioterapias y las radioterapias, y ninguno de los dos, cabe aclarar, había recibido instrucción psicológica para lidiar con un moribundo cuyo único interés consistía en dibujar una esfera perfecta en uno de los cuadernos que le habían obsequiado, una mónada maciza y redonda. Porqué se habían divorciado padre y madre, jamás el niño lo supo a ciencia cierta, la leucemia creció dentro de mí salvajemente, destruyó mis campos interiores, mis vísceras, avanzó en mi organismo con la suficiente fuerza para echar abajo cualquier sistema de creencias posterior, de fe posterior, y ese sufrimiento abstracto de no comprender los efectos de las sustancias, de no comprender las consecuencias de los actos adultos, de no comprender la esencia de los regalos póstumos que iban y venían y se acumulaban en el catre de sábanas purísimas del hospital, me condujeron a la única opción de supervivencia, al único medio gracias al cual no enloquecí, una esfera de grafito para que el mundo siguiera girando, y los glóbulos blancos trabajaran en paz, y mi médula ósea fuese otra vez un templo de salvación. Rezaban por mí, acudían a mí los pastores de los tabernáculos caídos, una de las enfermeras del hospital prometió, dentro del quirófano, llevarme a Disneylandia, y nunca nos vimos de nuevo, ese tipo de engaños, de estrategias perspicaces eran el modus operandi de los adultos en el hospital y, visto en perspectiva, de la especie humana, y por oposición la esfera de grafito, que poco a poco iba adquiriendo una connotación metafísica, fungía como exorcismo. Nunca sino en esas breves temporadas de internamiento comprendí que sólo a través de la esfera lograría expulsar mis demonios, en esos momentos de cansancio físico y moral, recién cumplidos los seis años, comprendí que la esfera era un comentario crítico sobre mi propia muerte, sobre la muerte de mis propios días de infancia, que iban cayendo uno a uno al barranco. Padre y madre se culpaban por haber destruido mi sistema inmunológico, mi pequeño jardín de sangre y linfa, mis acueductos vitales, pensaba, y esos pensamientos, que en adelante orientaron mi materia de escritura, rondaban el pabellón del hospital público en el que convalecía en 1986, actuaban como espejos dobles del fracaso de padre y madre como esposos, del niño como excrecencia del cáncer y de la vida como accidente confuso. No hay registro, de nada existe pues un registro más fiel que la memoria, y más traicionero, y más caprichoso, y más testarudo, y más vengativo, pensaba, con la tierra casi a punto de tapar mis fosas nasales, y la mirada del diablo al otro lado del cristal. Allí estaban los dos, inmóviles, padre y madre, viendo el fruto de su amor sostenido por hilos invisibles, y el diablo atrás, con su sonrisa de dientes simétricos. Creo en el diablo, pensaba, en los demonios y sus instrumentos de tortura, en las vilezas y el dolor inexplicable, en las hebras de pelo que voy a perder, en los amigos que voy a perder, en las burlas de mis compañeros y el acoso de los profesores, en la inutilidad de los esfuerzos humanos, en las desgracias que consumen irremediablemente nuestros propósitos, y creo en la esfera, les dije, ése es mi testamento. Matamos lo que más queremos y lo que más queremos intenta escaparse a la muerte que tendrá entre nuestras manos, y no encuentra forma de huir. Matamos además los recuerdos de quienes nos abandonan a nuestra suerte, por más que intentemos aferrarnos a ellos, por más que ellos hayan sido en un momento dado una motivación para la supervivencia. Destruimos y recordamos que la destrucción es buena siempre que nos permita dejar atrás el impacto de situaciones complicadas, traumáticas, y recurrimos al arte creyendo que atenuaremos nuestros más profundos miedos, frustraciones y carencias afectivas. Y lo que termina ocurriendo es que de ninguna manera logramos sentir otra cosa que no sea nuestro propio dolor, proyectamos lo que previamente habíamos destruido, elegimos precisamente las representaciones del dolor ajeno como un reflejo del propio, para vernos a nosotros mismos, y continuar la carnicería. Doce años de tratamiento en la clínica se convirtieron, gracias a los efectos secundarios de los fármacos, en intentos de suicidio, depresiones e impasses agnósticos, se transformaron en añoranza y depresión, pornografía y depresión, promiscuidad y depresión, fuera de la esfera no había posibilidad alguna de pertenecer a algo, ni la habría, posteriormente, los puntos finales habían sido puestos en mi espina dorsal, atiborrarlos de palabras era inútil, mi verdadero talento eran un lápiz y una cama sobre el abismo, en suspensión imposible,  y quedarme a observar, encerrado, la lluvia a su debido tiempo, frente a los vidrios y las cornisas ad infinitum.


PREACHER   [08.02.2014]
A las siete de la noche salía de la agencia de publicidad y conectaba los audífonos para escuchar Virus de Björk en el camino, la versión en concierto del Roseland Ballroom de Nueva York, repitiéndola veinte veces al menos, si era necesario, tan sólo para llegar a casa y sentarme sin camisa frente al monitor a ver videos budistas sobre relaciones saludables y emociones delirantes mientras fumaba veinticuatro cigarros en dos horas, estudiando la posibilidad de abandonar no sólo la agencia y sus perpetuos simulacros de felicidad, sino el sitio donde vivía, la ciudad donde vivía y donde me estaba muriendo de asco, y el colchón en el que mi novia, cuando dormíamos juntos, se imaginaba a su anterior pareja, con quien, según me había dicho, sostuvo una relación sadomasoquista. El psicólogo me había diagnosticado una neurosis benigna y, a cambio, yo le describía cómo mi relación se iba deteriorando desde el momento que inició, se había degradado casi desde el momento en que la conocí, le dije, irremediablemente, y un par de semanas después ella me llamó borracha para contarme a gritos que había roto el cristal de un automóvil a media esquina de la casa donde vivía temporalmente, y la encontré en el suelo, histérica, e hicimos el amor entre ropa sucia. No había mucho de lo cual pudiera sentirme orgulloso en esa relación, le dije al psicólogo, ni lo habría después, sin embargo por momentos me parecía que ella era la única fuente de cariño que podía tener a mi alcance, y eso, en el fondo, era patético, le dije, planeaba incluso casarme dos semanas después de haberla visto, y llegué a la conclusión, por supuesto errada, de que podría hacerme cargo de su vida. Pese a que deseaba irme de aquella ciudad y desarrollar mi escritura en otras latitudes, en la agencia de publicidad no me pagaban lo suficiente, era explotado pero no me pagaban lo suficiente, extraña forma de demostrar que podíamos ser felices, y cada lunes fingíamos que los problemas no existían, delante de los dueños, en esa gran fábrica de apariencias que es la publicidad me había enrolado, y no había modo de huir, me había afantasmado, sin opciones. El amigo con quien rentaba una casa era un compañero de trabajo al que habían despedido, y si yo desobedecía las reglas impuestas por los dueños hacia un ejército de diseñadores y redactores jóvenes que reemplazaban su escaso nivel de creatividad, toda vez que la agencia era el fenómeno asombroso de la región, también me despedirían. Yo fumaba en el patio, a veces, o me encerraba en la habitación de las ideas, así designaban el sitio en el que desarrollábamos las campañas, a leer Masa y poder de Canetti, o iba a la tienda a comprar un té helado y me acostaba en el parque a mirar los árboles, debido a que el dinero no era suficiente para un almuerzo completo, y en esos instantes la versión de Virus de Björk en el Roseland Ballroom de Nueva York lograba evadirme del extraño momento que estaba atravesando. Mi equilibrio interior, en esa época, se había roto, en mi intento de hacer las cosas bien, las había hecho mal, pensaba, y admitirlo me deprimía muchísimo, le dije al psicólogo, de ahí que por las noches no lograse conciliar el sueño, me quedara observando el cabello de mi novia y sus piernas, y me acercara de pronto a besarla, y al día siguiente le dejase un sándwich en la cocina. Irme de aquella ciudad, abandonar a esa chica, saber que no regresaría pronto delineaba un panorama turbio, y no hacerlo, anclarme a una empresa miope, a una relación que se desmoronaba apenas dar un paso, a un círculo social de poetas en el lodo y escritores vulgares, me perseguiría durante años, qué me esperaba allí sino engendrar tres hijos en una casa de clase media, en el agujero de la vida provinciana, seguir jugando a ser un escritor menor en una huerta diminuta, en un establo, y recibir algún premio local intrascendente, me esperaba allí lo intrascendente, le dije al psicólogo, y ella, en tanto sus sueños de sadomasoquismo estaban en España, cuya crisis era cada día mayor, necesitaba irse, ponerse la soga al cuello, le esperaba, se dirigía hacia su propia catástrofe sin darse cuenta. Pero yo también estaba en crisis, refugiado en su vagina desde la muerte de mi abuela y la enfermedad de un amigo, a quien operaron de un tumor en el cerebro, le abrieron el cráneo a ese curador amigo mío de quien dejé de tener noticias, precisamente en España, en tanto ella soñaba con su brillante futuro sadomasoquista, le decía al psicólogo, a él le abrieron el cráneo, y cuando volví a encontrármelo, porque no había ninguna posibilidad de salir adelante, me entregó una carta de recomendación, gracias a la cual encontraría empleo una semana después, ya lejos. Salía de la agencia de publicidad a las siete de la noche, conectaba los audífonos y caminaba cinco kilómetros, y así me despedía imaginariamente de mi abuela muerta, de mis animales muertos, de mis enemigos muertos en la imaginación, de mis amores muertos en la imaginación, y de mis desdichas muertas, con la versión de Virus de Björk en el Roseland Ballroom de Nueva York, a salvo de la podredumbre que dominaba el ambiente, última acción que podría recuperar a la distancia, le dije al psicólogo antes de cerrar la puerta, rumbo al aeropuerto y, desde arriba, despedirme.


MARCELINE  [27.01.2015]
Todo ha sido tan difícil como colocar piedras en el desierto. Venir al mundo es difícil, abandonarlo, y estar en tránsito. Saberse en ese tránsito, pasando por el mundo, y sabiendo enseguida que debemos dejarlo atrás. Y las horas, y los días, y los abrazos, y el deseo de apagar cien velas. Y los llantos, y las lluvias, y los coitos, y las resurrecciones. Atravesamos el campo de batalla completamente desnudos, como si la casa de los huérfanos se hubiera incendiado y ningún sacerdote hubiese traído una camioneta para evitar nuestra desgracia. Pero nuestra desgracia es más que física o metafísica, más que absurda o fenomenológica, infinitamente mayor e inconmensurable. No hay palabras. Tampoco hay ausencia de palabras. Sin embargo, la sensación de abismo entre las estrellas, de gusano que repta suavemente por las tumbas, persiste y nos abofetea como en una especie de drama televisivo al que asisten compañeros muertos para reírse y llorar, simultáneamente.


A la luz de nada
Siempre nada vuelve al mismo sitio
Siempre nada se oculta en el diluvio
Siempre nada
Siempre.


IMÁGENES: CHRISTIAN NÚÑEZ

Publicado originalmente en Replicante [30.03.2015] 



30 diciembre 2015

digresiones sobre el cáncer infantil





En 1987 me diagnosticaron leucemia linfoblástica aguda. Mis padres se habían divorciado unos meses antes y el tratamiento se aplicó mientras vivía en casa de mis abuelos paternos al sur de Mérida. El hematólogo había dicho que el proceso sería difícil. Todos prometían que iba a quedar bien, decían que fuera valiente, pero me llevaban regalos póstumos.


No se puede afirmar que una enfermedad como la leucemia no afecte la sociabilidad o la psicología de un niño, sin hablar del físico, incluso si hay especialistas de diversas áreas involucrados en el tratamiento. En 1987 apenas estaba llegando la quimioterapia a Mérida [Yucatán] y no había trasplantes de médula ósea en las clínicas del IMSS. Ahora el paciente recibe una efectiva dosis de psicooncología, técnica difícil de imaginar en el pasado. Hasta la fecha, entrar a un hospital me baja la presión. Lo que allí ocurre me desestabiliza. Particularmente, las habitaciones del IMSS son culeras. Sus paredes blancas poseen tintes fúnebres. Las enfermeras gordas frustran cualquier erección. Muy pocas veces he visitado a familiares moribundos. Mejor espero el velorio para dejar de preocuparme. De cualquier forma, la leucemia es ambivalente, como la ética o la cicuta. Y todos los ataúdes se parecen.

Recibir tratamientos, inyecciones de fármacos, extracciones de médula ósea y regalos póstumos no era la mejor forma de vivir la niñez. Además de no tener cabello, el divorcio de mis padres, que ocurrió simultáneamente, convertía la situación en un chisme cuando mi madre llegaba al colegio con un yoghurt y galletas para mí, interrumpiendo la clase. Cómo olvidar las burlas de los otros niños, los cómics, los videojuegos, el consomé de pollo y la sobreprotección. Jugué Super Mario World con un amigo también canceroso, que nunca llegó al Mundo Especial. Mis abuelos no estaban preparados para cuidarme. El tiempo que pasé con mi abuela paterna fue tan restrictivo que tuve que buscar segundas opciones. Con Horacio Quiroga y Stephen King pasé magníficos momentos.
Los síntomas empezaron poco antes de cumplir los seis años. Debido a la anemia, estaba muy pálido, me dolían los huesos, los huevos, y vomitaba. Me realizaron exámenes dos veces. Cuando el hematólogo pediatra diagnosticó leucemia linfoblástica aguda yo prácticamente no sabía leer, apenas había terminado el kínder. Recibí quimioterapia durante seis años. Cada semana o cada quince días mi abuelo paterno me llevaba en motocicleta a la clínica de especialidades del IMSS—y más tarde al Centro Anticanceroso, donde recibía radiaciones de cobalto. Luego, a la escuela. Era imperdonable faltar a clases. En momentos críticos me internaban. También me hicieron transfusiones de sangre. Solo así podía faltar. Estuve bajo supervisión médica hasta los quince. Ininterrumpidamente.

La primera secuela del cáncer fue una marcada conciencia de la muerte. Como Hamlet, el doctor les dijo a mis padres que mi recuperación podía ser o no ser, y rápidamente todas las esperanzas de mi progenitora se volcaron hacia Jesús. Los creyentes hicieron una oración masiva. Ellos clamaban y yo reclamaba: el divorcio seguía su curso. La leucemia resistía. No obstante, mitad por milagro y mitad por capricho, mejoré. A la fecha, las únicas consecuencias del tratamiento siguen solo presentes a nivel psíquico. El cáncer está curado. Mi sensibilidad se hizo más exigente, con un elevado sentido del humor y una resistencia ante situaciones difíciles maravillosa. En cuanto a las agujas, las asimilé con riguroso estoicismo. Para recordarlo, hace año y medio que llevo un piercing.   
Cuando un farsante escribe un ensayo sobre la muerte, quien ha estado bajo peligro real de muerte lo detecta y replica. Cualquier discurso tendrá cualidades técnicas, retóricas, lingüísticas o semánticas, pero si no se basa en una experiencia legítima del dolor vale muy poco. Del tránsito por la leucemia aprendí a reconocer, en ocasiones de forma intuitiva, las experiencias límite relacionadas con el cuerpo. Nunca he sistematizado estas ideas, pero aparecen plasmadas en mis gustos personales y las reseñas de autores publicadas en distintos medios, desde Thomas Bernhard a Ernesto Sabato, pasando por Nick Cave, Gottfried HelnweinMichel Houellebecq, y en los poemas y textos híbridos que he venido haciendo desde hace media década.

Los existencialistas fueron los primeros en enseñarme a valorar el organismo y sus pestilencias. Roquentin en el parque de Bouville, después de un acceso de náusea, descubre al mirar las raíces de un árbol que la vida no tiene sentido. Allí hay un antecedente. Se trata de una observación fundada en el asco físico, una epifanía aberrante que rige un sistema filosófico. De esta manera, Jean-Paul Sartre, un pensador francés bizco, chaparro, feo y amoral pondrá en movimiento su ontología fenomenológica y le dirá al mundo, como un sarcasmo: Todo nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere por casualidad. Hará de la mirada un juego diabólico, de las relaciones interpersonales un infierno—idea inspiradora de A puerta cerrada—y de Dios el cero absoluto, que no es poca cosa. 

¿Por qué Sartre estaba tan obsesionado con lo viscoso, las entrañas y la escatología? A mi parecer, existe una estrecha relación entre la escritura, el estado físico del cuerpo, las carencias de éste—defectos, enfermedades, limitaciones—y la psicología de un autor, que a su vez impactan en su conocimiento del mundo. Sartre le dijo alguna vez a Camus: Usted es guapo, pero yo soy más inteligente, y con esta frase el abanderado del existencialismo ateo inauguró una Teoría del Cuerpo y la Escritura, y dio la pauta para entender por qué ostentaba un estilo tan virulento: su fealdad se lo exigía. Camus, aunque por otro lado era tuberculoso, efectivamente lucía atractivo, le sobraban mujeres, no tenía razones para escribir sucio. Poseía un lenguaje sobrio, con reflujos clásicos, subversivo sin perder la elegancia. Sartre barría los infiernos. Camus platicaba con Sísifo.

La escritura es una metáfora del cuerpo. Bajo tales consideraciones se aprecian mejor los relatos de Mario Bellatin, su narrativa fragmentada, los personajes deformes y las atmósferas gélidas. Sarah Kane, en 4.48 Psicosis combina teatro, poesía, diálogos en prosa y pequeñas frases aforísticas, y no está desplegando sus recursos para pavonearse, sino porque se encuentra en un completo desequilibrio emocional. Su monólogo puede leerse como expediente clínico. Paulatinamente, la incursión de las artes en lo patológico se ha refinado, para satisfacción de Artaud, Lautréamont, Sade y compañía. Así que historias como La pianiste o Dans ma peau, retorcidas bajo cierto ángulo, dicen mucho más de Elfriede Jelinek y Marina de Van que sus declaraciones públicas. Si el inconsciente está estructurado como un lenguaje, el cuerpo habla: es el médium de la sesión. 

Con el cáncer, mi cuerpo ya no era como los otros. A pesar de mi conducta honorable, mis buenos sentimientos y los versículos de la Biblia recitados de memoria, yo a los doce años tenía un Frankenstein adentro. Y la sensación de no encajar, de ser distinto al común de la gente, pasó a volverse una condición sine qua non de mi carácter. Si era solitario, me hice doblemente solitario. Veía películas de terror, me interesaban los videojuegos, la pornografía, el Triángulo de las Bermudas y las pirámides de Egipto. Me preocupaba el tema de Dios, a tal grado que estudié filosofía para despejar esa duda, y no conseguí gran cosa, solo unas cuantas habilidades argumentativas, migajas de nihilismo y aversión por los escolásticos.
Las temporadas en el hospital me ayudaron a comprender a los   clochards de Beckett, al Oskar de Let the right one in, al Michel de Las partículas elementales, al Martín de Sobre héroes y tumbas y, en general, a todos aquellos individuos incapacitados para ser felices, un poco marginados y conmovedores. Otra de las secuelas del cáncer fue la observación habitual de mis procesos fisiológicos y psíquicos, concentrándome en procesos digestivos, musculares, sexuales y cerebrales realizadas dentro de mi organismo. De allí el interés por los autores que hacen una descripción torturante y circular encerrados en su propio speech endemoniado. El rey de esta técnica se llama Thomas Bernhard.  

La leucemia se puede curar médicamente, los hospitales curan el cuerpo, consiguen disminuir el daño psicológico, suministran inyecciones. Las cuestiones de fe, los divorcios familiares, la autoestima y la desgracia humana son ajenas al bisturí. Y ni siquiera la literatura puede curarlas. Este año [18.06.2010, Hospital General de Especialidades "Dr. Javier Buenfil Orozco", San Francisco de Campeche, Campeche] asistí a un Simposium de Psicooncología y Cuidados Paliativos y escuché brillantes ponencias en torno al enfermo de cáncer, pero el enfermo de cáncer tiene a la muerte encima, y ningún doctor, ninguna enfermera han conseguido atenuar esa sensación. Si te curas, ellos ganan. Si te mueres, ellos ganan: serás estadística. Y lo que siente el niño es completamente intransferible y horroroso. Eso no tiene solución.



IMÁGENES: CHRISTIAN NÚÑEZ

Publicado originalmente en Replicante [11.10.2010]



29 diciembre 2015

the icarus project


 
A partir de la obra de diversos filósofos, intelectuales y artistas que han influido en las estéticas recientes, The Icarus Project analiza la noción de absurdo desde la óptica del silencio y el suicidio. Autores como Albert Camus, Jean-Paul Sartre y Samuel Beckett desfilan por aquí.

Por lo general, la primera reacción de un animal frustrado es intentar alcanzar su objetivo con más fuerza que antes. Por ejemplo, una gallina hambrienta  (Gallus domesticus) a la que un cercado de alambre le impide llegar a la comida, hará unos esfuerzos cada vez más frenéticos para atravesar el cercado. Sin embargo otro comportamiento, sin objetivo aparente, sustituirá poco a poco al primero. Las palomas (Columba livia) picotean el suelo sin parar cuando no pueden conseguir el codiciado alimento, aunque en el suelo no haya nada comestible. Y no sólo picotean de ese modo indiscriminado, sino que a menudo se alisan las plumas; esa conducta tan fuera de lugar, frecuente en las situaciones que   implican frustración o conflicto, se llama  conducta sustitutiva. A principios de 1986, poco después de cumplir 30 años, Bruno empezó a escribir.
Michel Houellebecq, Las partículas elementales



UNA FAMILIA DISFUNCIONAL
"Aquel momento fue extraordinario—escribe Antoine Roquentin en la primera novela de  Sartre. Yo estaba allí, inmóvil y helado. Pero en el seno mismo de ese éxtasis acababa de aparecer algo nuevo: yo comprendía la Náusea, la poseía. A decir verdad, no me formulaba mis descubrimientos. Pero creo que ahora me sería fácil expresarlo con palabras. Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es estar ahí, simplemente; los existentes aparecen, se dejan encontrar, pero nunca es posible deducirlos. Creo que hay quienes han comprendido esto. Solo que han intentado superar esta contingencia inventando un ser necesario y causa de sí. Pero ningún ser necesario puede explicar la existencia; la contingencia no es una máscara, una apariencia que puede disiparse; es lo absoluto, en consecuencia, la gratuidad perfecta. Todo es gratuito: ese jardín, esta ciudad, yo mismo. Cuando uno llega a comprenderlo, se le revuelve el estómago y todo empieza a flotar (…); eso es la Náusea; eso es lo que los Cochinos tratan de ocultarse con su idea de derecho. Pero qué pobre mentira: nadie tiene derecho; ellos son enteramente gratuitos, como los otros hombres; no logran no sentirse de más. Y en sí mismos, secretamente, están de más, es decir, son amorfos y vagos, tristes."  
Jean-Paul Sartre murió el 15 de abril de 1980 en el Hospital Broussais de París. Ciego, recibió apoyo en sus últimos días de dos recién llegados a la familia existencialista: Arlette Elkaïm-Sartre, una hija adoptiva, y Pierre Victor, su colaborador más estrecho. Sartre fue quizá el último filósofo que defendió la vida, sin esperar absolutamente nada de ella. Decía en El existencialismo es un humanismo: "Así pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no solo es tal como se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace." Su camarada  Albert Camus, en El mito de Sísifo, formulaba una ética de la resistencia semejante. Al paso de los años, las cosas cambiaron.



En 1998, Michel Houellebecq publicó en Francia Las partículas elementales, novela generacional que resume los principales conflictos ideológicos del ’68 con una perspectiva cruel y desencantada. Ahí se afirma que el problema del suicidio ha dejado atrás la metafísica para ceñirse al terror de la degradación corporal. "Nunca, en ninguna época y en ninguna otra civilización, se ha pensado tanto y tan constantemente en la edad; la gente tiene en la cabeza una idea muy simple del futuro: llegará un momento en que la suma de los placeres físicos que uno puede esperar de la vida sea inferior a la suma de los dolores (uno siente, en el fondo de sí mismo, el giro del contador; y el contador siempre gira en el mismo sentido). Este examen racional de placeres y dolores, que cada cual se ve empujado a hacer tarde o temprano, conduce inevitablemente a partir de cierta edad al suicidio. Es divertido observar que Deleuze y Debord, dos respetados intelectuales de fin de siglo, se suicidaron sin motivos concretos, sólo porque no soportaban la perspectiva de su propia decadencia física. Estos suicidios no despertaron ningún asombro, no provocaron ningún comentario; en general, los suicidios de la gente mayor, que son los más frecuentes, nos parecen hoy en día perfectamente lógicos. (…) En parte, claro, porque todos están un poco hartos de la vida; pero sobre todo porque nada, ni siquiera la muerte, les parece tan terrible como vivir en un cuerpo menoscabado." 
Tras una breve agonía, desagradable a causa de la gangrena, los restos de Sartre fueron llevados a la vigésima división de Montparnasse. El autor de El ser y la nada  no quería ser enterrado junto a las tumbas de su madre y su padrastro, ubicadas en Père Lachaise. Los deudos le procuraron la proximidad de personajes valiosos, muertos varios años después: la propia Simone de Beauvoir (14 de abril de 1986), Samuel Beckett  (22 de diciembre de 1989), Eugène Ionesco (28 de marzo de 1994), E. M. Cioran (20 de junio de 1995), Marguerite Duras (3 de marzo de 1996) y Susan Sontag (28 de diciembre de 2004). Por su parte, Albert Camus falleció en un accidente automovilístico mientras viajaba a bordo de un Facel Vega con Michel Gallimard y su familia. Fue enterrado en Loumarin, el 4 de enero de 1960.

La ruptura Sartre-Camus se produjo tras la publicación de El hombre rebelde, ensayo que continúa el desarrollo de El mito de Sísifo, donde Camus planteaba la noción de absurdo a partir del problema del suicidio. En realidad, el pleito era político, ya que el libro de Camus había generado una polémica con los simpatizantes de la izquierda comunista, entre los cuales estaba Sartre, lógicamente. Fue Francis Jeanson, colaborador de Les temps modernes, revista dirigida por aquél, quien acusó al argelino de sostener una postura estética frente a la falta de sentido existencial y atizó el fuego.

Una de las primeras definiciones que entrega Camus en El mito de Sísifo es la siguiente: "Tengo pues mis motivos para decir que el sentimiento de lo absurdo no nace del simple examen de un hecho o de una impresión, sino que brota de la comparación entre un estado de hecho y cierta realidad, entre una acción y el mundo que la supera. (…) En el plano de la inteligencia, puedo decir, por tanto, que lo absurdo no está en el hombre (si semejante metáfora tiene un sentido), ni en el mundo, sino en su presencia común. (…) No puede haber absurdo fuera de un espíritu humano. Por ello lo absurdo acaba, como todas las cosas, con la muerte. Pero tampoco puede haber absurdo fuera de este mundo."


EL FENÓMENO BECKETT
Tres años antes de la muerte de Camus, en Francia comenzaba a gestarse una literatura herida  desde adentro, desestructurada por la palabra misma, que hacía hincapié en el flujo de la conciencia. El noveau roman, con Alain Robbe-Grillet como fundador, estaba relevando a los existencialistas. El extranjero, El malentendido y Calígula, que junto con El mito de Sísifo componen el ciclo del absurdo, se dieron a conocer entre 1942 y 1944, y describen una filosofía atea y rebelde que derivó hacia una relectura crítica de la historia. Al morir Camus, la noción de absurdo se desplazó a otras disciplinas—cine, teatro, literatura, artes visuales, música, performance—y es muy probable que haya contribuido a la hibridación de géneros, como en el caso de David Lynch. 
A pesar de no formar parte de ninguna corriente literaria o filosófica, Samuel Beckett desarrolló una estética del silencio que mantiene las tesis anteriores, las reformula y esteriliza. Cómo es y Rumbo a peor constituyen la mejor prueba de ilegibilidad por la vía racional. Beckett se parece al anciano que dice "¡No!" a la esposa de Jan en El Malentendido. Su prosa—elíptica y dispersa o saturada y paroxística—exige del lector un abandono de los criterios filosóficos tradicionales. Camus explica en El hombre rebelde una serie de notas que, sin proponérselo, describen la estética beckettiana: "Toda filosofía de la no significación vive en una contradicción por el hecho mismo de que se expresa. Da con ello un mínimo de coherencia a la incoherencia, introduce una consecuencia en lo que, de creerla, carece de consecuencia. Hablar repara. La única actitud coherente fundada en la no significación sería el silencio, si el silencio, a su vez, no significara. Lo absurdo perfecto trata de ser mudo."  
Este mutismo, paradójicamente, nunca se logra del todo: los personajes de Beckett tienen necesidad de hablar aunque no quieran hablar, pues su existencia se funda en el lenguaje. Existe una relación estrecha entre las palabras y el flujo de la conciencia que ellos quieren interrumpir. !Sí, en mi vida, pues así hay que llamarla, hubo tres cosas: la imposibilidad de hablar, la imposibilidad de callarme, y la soledad, física desde luego, con eso tuve que arreglarme!, dice en El innombrable. Y también: "Hago lo que puedo, pero estoy a punto de fracasar otra vez. No me importa nada fracasar, me gusta, sólo que quisiera callarme. No como acabo de hacerlo, para escuchar mejor. Sino apaciblemente como vencedor, sin reservas mentales. Eso sería la buena vida, la vida al fin. Mi boca en reposo se llenaría de saliva, mi boca que nunca tiene bastante de ella, la dejaría correr con delicia, babeando de vida, concluido en silencio mi castigo. Hablé, he debido de hablar, de lección, es castigo lo que había de decir, confundí castigo con lección. Sí, tengo un castigo que cumplir antes de estar libre, libre de mi baba, libre para callarme, para no oír más, y ya no sé cuál. He aquí, al fin, algo que da una idea de mi situación. Se me ha impuesto un castigo, quizá al nacer, quizá para castigarme de haber nacido, o sin ninguna razón especial, porque no se me quiere, y he olvidado en qué consiste."  
Beckett establece una relación dialéctica entre el anhelo de silencio y la insuficiencia de las palabras, y sobre este vaivén construye sus historias. La voz de El innombrable  se halla en un lugar impreciso, relatando las variaciones de su propia identidad y ha perdido contacto con el mundo. Una conciencia encerrada, que no puede afirmar más que su propia existencia (solipsismo), que se deteriora y sin embargo continúa lúcida, y una prosa que se come a sí misma (autofagia) son las dos notas que sientan las bases de la estética beckettiana. El irlandés funda una retórica; sus criaturas no se callan aunque lo desean, no renuncian al verbo aunque lo perforan sin piedad, y nunca abandonan el yo. Mientras viven, hablan. Si cesan de hablar, se extinguen. 
En La estética del silencio, ensayo aparecido en 1967, Susan Sontag menciona que únicamente puede aspirar al mutismo el artista que ha demostrado superioridad respecto a sus pares. Más allá del barniz aristocrático, esta reflexión implica también una toma de postura sobre la vida artística y un cuestionamiento radical, por extensión, del mundo. Sontag explica que difícilmente quien opta por esta vía llega al extremo de quedarse literalmente callado: "el artista que crea el silencio o el vacío debe producir algo dialéctico: un vacío colmado, una vacuidad enriquecedora, un silencio resonante o elocuente. El silencio continúa siendo, inevitablemente, una forma del lenguaje (en muchos casos, de protesta o acusación) y un elemento del diálogo." 
Además de Camus, el monólogo como técnica narrativa fue muy utilizado por los autores afines a la noción de absurdo. A finales de los 30’s, Sartre introdujo a un misántropo, Antoine Roquentin, que desde los cafés de Bouville y su habitación-refugio describía en un diario su repugnancia por la vida: había nacido La náusea. A partir de los 40’s, Beckett usó el soliloquio en casi todos los relatos posteriores a la fase Joyce: El expulsado, El calmante, El fin, Primer amor, la trilogía Molloy, Malone muere y El innombrable.

Cioran dice, en el Ensayo sobre el pensamiento reaccionario: "Desde nuestro primer encuentro, comprendí que Beckett había llegado ante lo extremo, que quizás había comenzado por ahí, por lo imposible, por lo excepcional, por el  impasse. Y lo admirable en él es que no se ha movido de allí, que, habiendo llegado de entrada ante el muro, persevera con el mismo valor que siempre ha demostrado: ¡la situación-límite como punto de partida, el final como advenimiento! De ahí el sentimiento de que su mundo, ese mundo crispado, agonizante, podría continuar indefinidamente, incluso después de que el nuestro desapareciese." Muy distintas son sus opiniones acerca de Camus: “Albert Camus se ha matado en un accidente de coche—apunta en sus  Cuadernos 1957-1972. Ha muerto en el momento en que todo el mundo—y tal vez él mismo también—sabía que ya nada tenía que decir y viviendo tan sólo podría perder su desproporcionada, abusiva—ridícula incluso—gloria. Inmensa pena al enterarme de su muerte, anoche, a las 23 horas, en Montparnasse. Un excelente escritor menor, pero que fue grande por haber carecido totalmente de vulgaridad, pese a todos los honores que cayeron sobre él.”


VARIACIONES SOBRE EL LIBRO DE JOB
Hay suficientes motivos para suponer que el absurdo, el suicidio y el silencio, problemas irresolubles en el planteamiento de este ensayo, se comportan como una hélice que da vueltas sobre su propio eje. A los planteamientos de la literatura de posguerra habría que incorporar la lógica de supermercado impuesta por las sociedades de consumo, señala Houellebecq en Aproximaciones al desarraigo, texto publicado en 1997, y revisar hasta dónde llegó la noción de absurdo para transformarse en la cultura del desencanto actual y la conciencia del esfuerzo inútil.

Houellebecq adapta las características del existencialismo, sumándole aspectos como el análisis sociológico, las descripciones científicas a lo Huxley y el sexo descarnado que raya en la pornografía, y a todo esto explica [en  Art Press, número 19] que la directriz de su obra es "ante todo, según creo, la intuición de que el universo se basa en la separación, el sufrimiento y el mal; la decisión de describir este estado de cosas y, quizás, de superarlo. Los medios—literarios o no—son secundarios. El acto inicial es el rechazo radical del mundo tal como es; también la adhesión a las nociones de bien y mal. La voluntad de profundizar en estas nociones, de delimitar su dominio, incluso en mi interior. Después viene la literatura. El estilo puede variar; es una cuestión de ritmo interno, de estado personal. No me preocupan mucho los problemas de coherencia; suele venir por sí misma." 
Entre la voluntad de ofrecer una radiografía de la sociedad contemporánea y el rechazo al mal primigenio, Houellebecq se pronuncia a favor de una revolución fría, esto es, una absoluta indiferencia ante el flujo de información y publicidad que nos rodea. Sus palabras no cierran, de ninguna manera, el círculo, pero sí indican una mutación del absurdo hacia una actitud libre de imperativos morales en una civilización hipermediatizada. Aproximaciones al desarraigo insinúa un método que incluiría, potencialmente, el suicidio como solución final: "Es muy fácil de hacer; de hecho, nunca ha sido tan fácil como ahora situarse en una posición estética con relación al mundo: basta con dar un paso a un lado. Y, en última instancia, incluso este paso es inútil. Basta con hacer una pausa; apagar la radio, desenchufar el televisor; no comprar nada, no desear comprar. Basta con dejar de participar, dejar de saber; suspender temporalmente cualquier actividad mental. Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos."

Gaspar Noé, cineasta argentino radicado en Francia, actualizó el monólogo existencialista combinando la náusea escatológica sartriana, el absurdismo camusiano, la vocación por el vacío de Beckett y la ética del naufragio marca Houellebecq en una suerte de solipsismo hardcore. El carnicero de Solo contra todos de 1998, interpretado por Phillipe Nahon, es un hombre atrapado en la miseria laboral de los años ochenta que manifiesta un odio profundo contra la sociedad y sus fariseísmos. Una de las mejores secuencias del filme es la del cine porno, cuando el carnicero reflexiona sobre el destino de la especie humana reducido al mero acto de coger. Otra, casi al final, cuando aparece una advertencia para que los espectadores abandonen la sala: Cynthia, sentada en la habitación de hotel donde fue concebida, recibirá un balazo en el cuello y otro en la cabeza por parte de su padre.

Tampoco deja de asombrar que la noción de absurdo incursione al cine de terror, ya que Camus estableció en El mito de Sísifo los límites de sus ideas cuando decía que no puede haber absurdo fuera de un espíritu humano ni fuera de este mundo. No obstante, Déjame entrar  (Låt den rätte komma in, 2008) se construye a base de elipsis y detalles argumentales que sintetizan los temas tratados aquí desde un plano fantástico.

La adaptación cinematográfica de la novela de John Ajvide Lindqvist, rodada por Tomas Alfredson, destaca por su manejo de las atmósferas frías, las verosímiles actuaciones y una revisión del vampirismo que establece vasos comunicantes con cintas ajenas al género como La pianiste, de Michel Haneke, y Hundstage, de Ulrich Seidl. Ese patetismo cotidiano alude oblicuamente a Roquentin y los pueblerinos de Bouville. John Ajvide Lindqvist crea personajes entrañables: Håkan, el adulto pedófilo que acompaña a Eli, es torpe al asesinar y, llegado el momento, tiene que verter ácido en su rostro para que no lo reconozcan las autoridades de Blackeberg. Eli, a fin de cuentas, es una niña/niño ansiosa de amor que se alimenta de sangre humana, y Oskar, un coleccionista de crímenes violentos ansioso por vengarse de sus compañeros de aula.

Una de las claves para entender a esta peculiar familia sería el sufrimiento del inocente, traducido a un complejo de Job de orígenes cristianos, que podría ser el origen del solipsismo en la filosofía existencial. "Mi carne está vestida de gusanos—clama Job—, y de costras de polvo; mi piel hendida y abominable. Y mis días fueron más veloces que la lanzadera del tejedor, y fenecieron sin esperanza. Acuérdate que mi vida es un soplo, y que mis ojos no volverán a ver el bien. Porque ahora dormiré en el polvo, y si me buscares de mañana, ya no existiré." Con dicha rúbrica se instaura una concepción trágica de la vida, que Sören Kierkegaard ondea como bandera ideológica y que ha ido pasando de mano en mano. Bastará recordar que Lindqvist y Alfredson fueron víctimas de acoso escolar durante la infancia. Y el propio Kierkegaard, padre del existencialismo, era jorobado; tras once meses de haber contraído un compromiso sentimental con Regine Olsen, lo rompió sin dar explicaciones. Jean-Paul Sartre era bizco del ojo izquierdo, Albert Camus, tuberculoso; E. M. Cioran, insomne y Michel Houellebecq fue abandonado por su madre, Lucie Ceccaldi, desde pequeño. Samuel Beckett murió con Alzheimer. Susan Sontag, de cáncer.

“La conclusión final del razonamiento del absurdo es, en efecto, el rechazo del suicidio y el mantenimiento de esa confrontación desesperada entre la interrogación humana y el silencio del mundo. […] Pero está claro que, simultáneamente, ese razonamiento admite la vida como el único bien necesario y, sin ella, la apuesta por el absurdo carecería de soporte. Para decir que la vida es absurda, la conciencia necesita estar viva”, sostenía Camus en El hombre rebelde Pero, desgraciadamente, ni siquiera Sísifo podría defender hoy esa postura.
  
LA BESTIA ENFADADA
El 24 de diciembre de 2007, después de la cena familiar, decidí caminar a casa de mi padre para refugiarme ahí, lejos del ruido exterior. Al amanecer, se me ocurrió cavar un hoyo en el patio y ocultarme hasta que me encontraran con los audífonos puestos. No sé hasta qué punto había cultivado enormes cantidades de soledad y angustia. Lo que más me disgustó es que, al abrir el surco, los perros ladraban estrepitosamente. Por la mañana, retiré del cajero automático el efectivo que tenía y estuve fuera de la ciudad un par de meses. Me mantuve apartado, sin decirle a nadie dónde ni cómo ni por cuánto tiempo estaría bajo supervisión psiquiátrica. Mientras más recuerdo aquellos años, menos identificado conmigo mismo me siento: si alguno de mis conocidos de esa época viniera a preguntarme qué pasó, me lo quedaría viendo con el rostro vacío y le dispararía en la cabeza. “Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos puede mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acaba con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte”, señala Houellebecq por boca de Walcott en Las partículas elementales.

El mundo está compuesto, lo supe desde niño, por una serie de situaciones hipócritas y una serie de reglas que nadie cumple, por una serie de mentiras que nadie cree y por una serie, en fin, de ficciones y simulacros desprovistos de originalidad. El mundo, me digo a mí mismo, es una farsa, es una constante invención que nadie se toma en serio, es una invención hecha a imagen y semejanza del hombre, y la literatura, me digo a mí mismo, es una invención hecha a imagen y semejanza del mundo, y de manera sistemática la literatura sirve de modelo al hombre para seguir haciendo de la farsa su modus vivendi, su Roma, su inmaculada concepción. Pero de esto nadie sale ileso, y desde los once años supe que mi propósito era precisamente decir ya nada queda, ya nadie sale ileso, porque así está conformada la mentira del hombre, de nada y nadie, respectivamente. La mentira del hombre, sin embargo, se reinventa, el escritor es persistente y demoledor en su afán de seguir creando mentiras, y cada mentira inventada por el mundo es devuelta por el escritor con un simulacro de esa mentira mucho más eficaz, porque las mentiras del escritor aspiran a la geometría, a cierto platonismo que la realidad nunca ha tenido ni tendrá, debido a su carácter aleatorio y desestructurado.   

Desde niño percibí ese carácter aleatorio y desestructurado, y desde niño he combatido a través de ficciones, poemas y dibujos, precisamente el carácter esquizofrénico de la realidad, su falta de consistencia, su falta de atributos positivos. Todo cuanto me ha rodeado, desde niño, ha sido  nada más que esquizofrénico y aleatorio, un cúmulo de atrocidades e hipocresías, una puerta rota a través de la cual he visto sólo gente mentirosa, y esas mentiras, esa puerta, esa gente, sobra decirlo, han sido para mí motivo suficiente para marcar distancia. Pero lo mejor hubiera sido alejarme, lo mejor hubiera sido simplemente alejarme y romper de una vez por todas con el juego de espejos entre la mentira del mundo y la mentira del escritor, entre las payasadas de los hombres y las payasadas de las letras, y ni siquiera he visto mucho, pero el tiempo y la desgracia cotidiana me han enseñado lo suficiente, y con suficiente fuerza, que lo mejor es callar.  


IMÁGENES: CHRISTIAN NÚÑEZ

Publicado originalmente en Replicante [16.03.2010]